Publicidad:
Terra
La Coctelera
Cada vez es más evidente que la crisis financiera está relacionada con una crisis moral. Algunos prefieren la expresión “crisis de valores”. Sin embargo, esto no implica una comprensión de la naturaleza de esa relación.

Se apunta que detrás de esa crisis económica está la pérdida de valores como la honestidad, la solidaridad, la verdad, la austeridad o la justicia o el bien. Un afán de lucro ciego a esos valores es el causante de la crisis. Como esos valores parecían brotar forma natural de la religión cristiana, una vuelta a esa fe nos pondría en el camino de salida de la crisis.

Otros consideran atinadamente que esos valores no son exclusivos de la fe cristiana, sino que son compartidos por otras religiones o realidades culturales. Así es. Y están de acuerdo en atribuir a la crisis moral (la dificultad para distinguir lo necesario de lo superfluo o el bien del mal) la causa del desorden financiero.

Se trataría, pues, vista cual es la causa, de restablecer el “mercado” de esos valores que generan la confianza necesaria para el desarrollo económico. Activar el consumo de justicia, honradez, honor, verdad, etc. para que paulatinamente se normalice la vida social y política que acompaña al desarrollo económico. Se trataría de trabajar para “construir” el orden moral requerido para restablecer la confianza en las relaciones humanas.

Volver a una concepción que valora la verdad… Eso es lo que los poderes públicos deben fomentar. Un discurso cuya prolongación nos llevaría a una exigencia legislativa y educativa. Las leyes y la educación son los instrumentos acostumbrados para lograr esos propósitos.

Este discurso, independientemente de que provenga de un creyente, un ateo o un agnóstico, responde a un tipo de conciencia dominado por el esquema de causa – efecto. Sin embargo, esa mentalidad olvida que la conducta humana está, sobre todo, llevada por motivos. Y eso es algo diferentes de las causas.

Aquello que nos mueve a actuar de una manera y no de otra, a decidir entre posibilidades diversas, nace de un determinado fondo de nuestra personalidad. Ese fondo en nuestro mundo, aquel en que habitamos y, consiguientemente, constituye nuestra casa.

Hoy se afirma que el mundo se ha transformado en una aldea global. La rapidez de las comunicaciones ha hecho posible esa transformación. Pero este mundo es aldea por lo minúsculo, es decir, por la concentración del capital en un círculo cada vez más pequeño y que apunta, al límite, en un punto. Para el mundo financiero la facilidad y rapidez de las comunicaciones le ha permitido ser dueños prácticamente de todo el dinero que se mueve en el mundo. Los salarios, los ahorros, el dinero de las facturas, todo lo engullen los bancos y lo mueven a su capricho allí donde quieren. En el ciberespacio no hay fronteras y desde los despachos de los grandes centros financieros se pueden dar órdenes con sólo apretar las teclas de una computadora. Una concentración económica con más poder que los propios Estados. Y al igual que en las dictaduras se hace ingeniería social, allí se hace ingeniería financiera para que la economía sea dócil a los deseos de los poderosos que se mueven en las sombras.

Pero la aldea global no es aldea en el sentido de pueblo pequeño que proporciona señas claras de identidad a las personas. La experiencia básica del hombre es identificarse con su casa, la casa en que nació y creció, junto a sus padres y hermanos. También sus vecinos, la calle en que jugó, el idioma que de ellos aprendió, las fiestas y costumbres que nos reunía a los vecinos, las creencias sobre el más allá y los ritos religiosos, los juicios que compartíamos sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, las historias que se contaban sobre nuestro pasado, nuestra pertenencia a espacios más amplios, como la nación y el estado… Todo eso constituye su morada, la morada en que habita y lo habita. De ahí nacían sus valores y sus hábitos de conducta.

Pero para el ciudadano corriente esa aldea es muy grande. Tan grande que se encuentra perdido en ella. Cuando el helenismo, el habitante de la polis vio que el centro de toma de decisiones le era lejano y extraño, en Roma. Su opinión ya no tenía ningún peso, pero sabía donde se tomaban las decisiones por lo menos. Pero ahora ni siquiera sabe donde se toman las decisiones. En el helenismo el ciudadano de la polis se transformó en ciudadano del mundo. Pues había un mundo, aunque diferente. Pero ese mundo virtual que se puede recorrer tan brevemente, resulta extraño, no proporciona señas de identidad. Ofrece muchas posibilidades que obligan a optar. Y es el gusto el que termina por decidir la opción a tomar. Y siendo el gusto algo muy individual y cambiante, se constituye en principio del individualismo.

A pesar de eso, quienes trabajan y producen bienes conservan los valores que van con la condición humana. Puede que eso les haya llevado a desentenderse de la cosa pública, pero conservan las nociones de lo bueno y lo malo. Es en quienes se mueven en los centros del poder económico donde se da la ausencia de moral. La morada que habitan y los habita es el dinero y el principio de que solamente en la economía del mercado hay salvación. Lo suyo es la mecánica financiera, frente a la ingeniería social de los experimentos de las dictaduras políticas. Ya no ven el esfuerzo de los hombres ni sus ahorros para cubrir necesidades futuras. Sus movimientos se rigen por la habilidad para sortear la legalidad y procurar beneficios.

Pero al igual que fracasaron los proyectos de ingeniería social, también los nacidos de ese mundo financiero creador de mercados artificiales sin conexión con el trabajo de los hombres. El uno y el otro dejan tras de sí un mundo desmoralizado, sin morada, a la interperie.

FELIZ NAVIDAD

24, dic

Beata Nativitas et bonum annum 2012 in Domino Deo

Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,11-12)

Quia natus est vobis hodie salvator qui est Christus Dominus in civitate David; et hoc vobis signum invenietis infantem pannis involutum et positum in praesepio (Lc 2, 11-12)

“Tlaxiccaqui noxocoyouh Juantzin, ¿campa in timohuica?” [Escucha, hijito mío, mi pequeño Juanito, ¿adónde vas?].

Así empezó el diálogo entre la Virgen y Juan Diego, allá por el 9 de diciembre de 1531, apenas 10 años después de la conquista de México.

Dejando a un lado todas las investigaciones que se han hecho y se hacen para tratar de establecer su “historicidad” o “explicar” el fenómeno, lo que hay es una experiencia religiosa que abre a todos la fe en Jesucristo. Con espíritu de fe acuden mexicanos y no mexicano a su santuario para expresarle su afecto y sus pesadumbres. A ellos me uno en oración a la que es puerta del cielo para que vele por ese magnífico pueblo tan castigado por la violencia.

Mañana, día 12, celebraremos esta festividad. Muchas felicidades.

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
"Madre Santísima de Guadalupe. Madre de Jesús,
condúcenos hacia tu Divino Hijo por el camino del Evangelio,
para que nuestra vida sea el cumplimiento generoso
de la voluntad de Dios
Condúcenos a Jesús,
que se nos manifiesta y se nos da en la Palabra revelada
y en el Pan de la Eucaristía
Danos una fe firme,
una esperanza sobrenatural
una caridad ardiente
y una fidelidad viva
a nuestra vocación de bautizados.
ayúdanos a ser agradecidos a Dios,
exigentes con nosotros mismos y llenos de amor
para con nuestros hermanos.
Amén

Sueño de niño
es como flor que se abre allá en la cumbre
de la montaña, margarita de armiño,
vera del cielo,
que no la empaña
polvareda del valle del tumulto
ni herrumbre,
como a sueño de adulto.

Cuando aquí, junto a mí, dormir te veo,
niño, creo volver a la mañana
primera
en que Adán, el eterno,
abrió sus ojos a la primavera
recién nacida, y no de padre invierno.

A través de tus párpados,
pétalos rosa de pureza angélica,
de célica visión místico velo,
cielo del alba primordial divino
adivino en tus ojos.

Allí dentro, detrás de esa cortina
sin mancha, de sagrario,
duerme su paz tu alma que ilumina
mi camino.

El misterio mayor de la pureza
en tu sueño palpita,
y es la bendita gracia que se ha hecho
Naturaleza.

En tus dormidos ojos el arcano
tremendo de la vida,
en ellos el misterio soberano
de la última hora,
que sólo un niño comprender consigue
con su mente de armiño,
aunque lo ignora.

Y ésa en tu boca mística sonrisa,
brisa del cielo,
¿qué no revela,
o qué nos cela, di?

¿Es que estás viendo la verdad suprema,
la crema del saber?

Sí,
la más alta verdad es la del sueño
de un niño,
es el cariño, la íntima hermandad
del universo todo;
porque él duerme de Dios en el regazo
en abrazo con todo lo que es puro,
con todo lo que vive sin saberlo,
del abrigo al seguro.

De tu alma en la laguna,
cuna de calma,
cuando se aduerme,
se refleja la Mente Soberana,
la infinita Inconciencia,
que es la ciencia de Dios.

¡Pídele mientras duermes, niño mío,
que cuando al fin se duerma,
enferma de misterio, el alma mía,
para no despertar,
sea con la sonrisa de tu boca
cuando le toca, brisa
de eternidad!

Miguel de Unamuno

Recuerda Séneca a su amigo Lucilio un viejo aforismo: “El gladiador toma la decisión en la arena[1].

La virtud de los aforismos es que nos obligan a pensar. Nos avisan de algo que nosotros hemos de descubrir. Un algo que no se agota en una interpretación igual para todos, sino que cada cual podrá hacer su aportación de acuerdo con la aplicación que le haya encontrado.
En este caso nos avisa de que es la situación concreta, experimentada directamente, la que nos debe decir la conducta a seguir.
Para eso el gladiador ha de estar entrenado concienzudamente. El no espera pasivamente a que se presente la situación, sino que diariamente se entrena con la esperanza de que llegado el caso podrá responder mejor a las dificultades.
Es esa maestría alcanzada mediante el entrenamiento la que le permite estar atento a lo que ocurre, escuchar y ver lo que esa situación le dice para que sea la realidad misma la que le dicte la mejor respuesta.
Los deseos, preocupaciones y temores son como un cristal tintado que nos impide ver las cosas adecuadamente. Ellos nos empujan a elaborar planes que, por concienzudos que sean, siempre quedan en el lado interno del cristal. Y eso, a veces, dificulta nuestra acomodación al caso. Creo que es preferible esa preparación amplia y remota que se transforma en un pañol de recursos para enfrentarse con la realidad.
Es frecuente que los estudiantes se pregunten y pregunten para qué sirve tal cosa. Especialmente esto suele ocurrir con materias como la literatura o la filosofía. Una pregunta muy razonable, pues sin ver la finalidad de lo que hacen difícilmente le encuentran sentido. Una respuesta conceptual, explicativa, puede ser sospechosa de querer convencer de algo cuya evidencia no aparece por ningún lado. Pero se puede seguir otra vía. Invitar a quien plantea esa duda a que trate de responder para que sirven una serie de cosas tomadas al azar. Cosas tales como el teléfono, un lápiz, pasear, la mesa, un árbol en medio del desierto, la familia y una estrella lejana en el firmamento.
Siempre me he encontrado que a todas las cosas propuestas se le ha encontrado una utilidad, y que es precisamente en las más chocantes (árbol en medio del desierto, estrella lejana) donde las respuestas son más variadas y creativas.
Efectivamente, es en la arena donde el gladiador toma las decisiones. Pero para que estas sean acertadas debe llegar a la arena lo mejor entrenado y equipado posible. Poco puede decidir sobre su oponente, pero sí respecto de sí mismo.
Hay padres que se preguntan qué mundo se encontrarán sus hijos. Tal vez sea más útil centrarse en qué hijos se encontrará ese mundo.

[1] Séneca. Cartas a Lucilio III, 22

"...pues, partiendo de la grandeza y la belleza de lo creado, se puede reflexionar y llegar a conocer a su creador." (Sab. 13, 5).

"El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste"  (Sal. 19, 1).

"Todo lo que Dios ha hecho es bueno; él, a su tiempo, provee para todas las necesidades" (Eclo. 39, 16).

Sentir la grandeza y la belleza de lo creado. Ese es el punto de partida. Unos sentidos que experimentando la naturaleza en sus mil formas y estados se han hecho sentimiento que ama y se deleita con la creación. Para quien así siente respetar y cuidar la naturaleza es también algo natural, no un imperativo moral nacido de ideología alguna.

Lo sentido lleva a la confirmación de la racionalidad intrínseca de ese respeto por la creación y la admiración por el Creador. Quien así siente, aun cuando no lo sepa, se está acercando a Dios.

El señor Gaspar, difunto hace ya cuatro años, vivió siempre de su huerto, sus trozos de tierra de secano y sus animales. Nunca hizo vacaciones ni fue mucho más allá de su pueblo. Pero se entusiasmaba con la belleza de los tomates, berenjenas o pimientos de su huerto, los olivos que prometían aceite y hablaba con sus cabras y ovejas mientras les daba de comer u ordeñaba. Con él el corral estaba en paz, pues en seguida se daba cuenta si una gallina estaba enferma o una cabra nerviosa o faltaba agua para que bebieran los animales. Nunca supo de ecología, ni falta que le hizo, pues era naturalmente ecológico. Pero para él era muy fácil entender las razones que respaldan el respeto que hay que tener por el medio ambiente, la procedencia divina de las maravillas de la creación y su papel de mayordomo amoroso de lo creado.

Un sentimiento verdadero por bueno, reflexionado, puede generar muchos pensamientos bellos que den cuenta de él. Sin embargo, las razones por sí solas no son capaces de generar un sentimiento que mueva al respeto y el amor espontáneo; puede, sí, establecer imperativos morales...

Para sentir la belleza y bondad de la creación es preciso tratarla, necesitarla, experimentarla con nuestros sentidos y, también, convivir con quienes disfrutan de ella. Hay ecologistas que se nos hacen antipáticos porque lo que ellos transpiran no es amor por las criaturas, sino alarma, resentimiento por la ciudad y su cultura, cansancio civilizatorio. Mucho de lo que dicen es muy verdadero, pero quien lo dice no lo es tanto.

Para quien siente el medio como la casa que debe cuidar y hermosear, reducir, reutilizar y reciclar no es una mera fórmula o norma a seguir, sino una forma de vida que vale la pena y nos ayuda en nuestra disciplina espiritual. Reducir significa llevar una vida sencilla, sobria, de pobreza evangélica que libera energías y tiempo para dedicarlos a aquello que es más propio de nuestra naturaleza: una vida espiritual. Reutilizando los materiales desarrolla su ingenio y poniendo de manifiesto el carácter abierto de las cosas: una piedra puede significar una linde, un elemento de construcción, un proyectil, un elemento decorativo, un asiento... ¡Cuántas cosas se ven en los contenedores de la basura que podrían aprovechar!

Y cuando las cosas han llegado a un estado cuya reutilización no está a nuestro alcance, podemos desecharlas selectivamente para que sean recicladas y nos provean de nuevas materias...

Pero la primera actitud es fundamental: adoptar un estilo de vida sencillo. ¡Son tantas las cosas que no necesitamos ni nos ayudan en nada!

Todo lo que Dios ha hecho es bueno. Y Él no abandonará su creación, pues también ella espera ser liberada de "la esclavitud y el sufrimiento" (Rom.8, 21-22).

Hoy hemos celebrado los cristianos la festividad de Todos los Santos. Un día para considerar eso que afirmamos en el Credo: "Creo en la comunión de los santos".  En la comunión entre aquellos que por el bautismo están unidos a Jesús y continúan bregando en la tierra y los que ya se nos adelantaron están gozando del amor de Dios. No estamos ya juntos, pero sí unidos. Ellos están en esa otra comunidad formada por María, los apóstoles, los mártires y todos esos santos, conocidos o desconocidos, y cuya memoria nos consuela y ayuda.

Aquellos que ya alcanzaron la meta de verse glorificados en el Señor no necesitan de nuestros honores, reconocimientos y alabanzas, pues todo eso lo reciben ya plenamente de Dios; pero a nosotros su memoria nos ayuda a permanecer en el camino que conduce hacia ellos, a esa comunidad en la que definitivamente quedó desterrada la muerte, la enfermedad y el sufrimiento.

Nada de la belleza, el amor y la verdad que anidó en las personas se pierde, sino que es recogido por Dios, como también recoge la vida de tantos seres anónimos inocentes y de los que apenas nadie tiene memoria. Pero la memoria divina a todos contempla y da vida.

La fiesta de Todos los Santos también recuerda a los cristianos que si bien ya son santos por el bautismo, eso solamente es el punto de partida, pero no el de llegada. La meta está en la santidad. Y está es la tarea de ser fiel a esa fascinación del ser humano por la verdad, la bondad y la belleza.

Nuestra meta es la vida eterna. Una vida que ya no se mide en términos de tiempo, de un antes y un después, sino de aquel instante en que se vio cumplida plenamente su destino, su condición de hijo o hija de Dios, hecho a su semejanza y en comunión no solamente con todos los seres queridos, sino con toda la creación.

No se trata de una fiesta de la muerte, sino de la vida. O del misterio de la muerte que ilumina nuestra vida. Como un poner la mirada en aquel horizonte que no nos permite ver más allá y, sin embargo, nos convence de que allí no puede acabar el mundo.

Mañana, día 2 de noviembre, rezaremos por aquellos difuntos que tal vez todavía no han alcanzado la perfecta gloria del Señor. Los que tal vez estén todavía de camino por estar "purgando" faltas que no le permiten contemplar todo el amor de Dios. A ellos y nosotros pueden ayudar nuestras oraciones.

0. ¿Qué significa la Jornada Mundial de la Juventud?

1. Significa encuentro. Encuentro con católicos de todo el mundo, de otras lenguas, de otras culturas, pero con los que se comparte una misma búsqueda de la fe. Encuentro con aquellos que, como yo, siguen un mismo camino.

2. Encuentro con el Papa, el sucesor de Pedro, el vicario de Cristo en la tierra. Encuentro con la tradición de una Iglesia que es depósito de la fe, pueblo de Dios, cuerpo de Cristo.

3. Encuentro con Cristo. Esa es la meta: descubrir a quien es el camino, la verdad y la vida.

4. Estas Jornadas de Madrid han ido precedidas de unos trabajos previos, de unos viajes y actos en otros distintos lugares. Por eso las jornadas tienen la forma de un peregrinaje, un caminar hacia una meta más o menos lejana, pero real, que al tiempo que me acerca a ella me transforma. Y desde el preciso momento que uno sabe adónde se dirige, lo suyo ya no es un andar, como el que hace senderismo o saludable ejercicio físico, sino un ir andando a un lugar que me aguarda. De ahí que el cansancio se vea acompañado de la alegría de la meta que se le acerca, alegría que se vuelve en entusiasmo incontenible cuando la meta es ya vista.

5. Un encuentro con personas, no con ideas. Captar el calor que me proporciona el prójimo, el semejante, la solicitud que muestra la Iglesia en su servicio a la fe, que Dios nos ama. Y eso obliga a una respuesta que nos manifiesta como somos.

6. Oí a un antropólogo decir que la persona es sus encuentros. El encuentro no es mera coincidencia en un lugar y momento determinado. Es sentirse en comunión con el otro, ver en el otro aquello que yo buscaba, tal vez sin saberlo, y encontrar que él me muestra que mi aspiración me es posible alcanzarla.

7. Y eso hace del encuentro un acontecimiento: algo estructurante de mi personalidad. De ahí su permanencia activa en la memoria.

8. De todo lo visto y vivido cada uno tomara según su capacidad. Y su universalidad no está en que vengan gentes de muchas partes, sino que allí se juntan doctos e indoctos, sanos y enfermos, ricos y pobres, orgullosos y sencillos, sacerdotes y laicos... Y también se sienten en comunión con otros muchos que no han venido por las guerras, la pobreza o las muchas otras miserias que campan por el mundo.

9. De ahí saldrán algunas vidas transformadas que harán mucho bien allí donde decidan estar. Normalmente se dan datos sobre el número de participantes, o los gastos habidos, o beneficios, o...Sí, es verdad, pero el centro de gravedad de esas jornadas está en las fuerzas espirituales que anima.

10. Ahora viene el camino de vuelta. Es el momento de los frutos. Ojalá sean abundantes.