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La Coctelera

METANOIA

El blog de José Luís Samper

22 Diciembre 2009

NUESTRA VISIÓN GLOBAL

0. "La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción" (M. de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, pg. 10. Madrid, 1967).

1. Pertenece a nuestro estar en el mundo como seres racionales el estar en una determinada visión del mundo y de la vida.

1.1 Esa concepción en la que se está se muestra en nuestra conducta y en nuestras afirmaciones generales cargadas de emoción. Quien dice que la vida no vale la pena, por ejemplo, si es consecuente, se alegrará por la muerte de un ser querido y tendrá por personas caritativas a quienes liberan violentamente a los otros de la carga de vivir. Afortunadamente no todo lo que decimos nos lo creemos. Y nuestra conducta muestra que, en realidad, no somos tan pesimistas.

2. Nuestra visión del mundo es la manera de tomar posesión de él, de hacernos dueños de él. Es la manera de no estar perdido entre las cosas. Por eso, cuando nuestra visión del mundo es discutida interpretamos que se nos intenta arrebatar nuestro territorio. De ahí que lo defendamos y luchemos por él.

3. Muchos consideran que se debe hablar de cosas importantes, y con eso quieren decir de cosas concretas. Por ejemplo, una red ferroviaria más rápida, adoptar medidas para evitar el calentamiento global del planeta, intensificar las investigaciones para curar a los enfermos de SIDA o lograr el pleno empleo. Como diría Chesterton, se puede hablar de todo, pero no del todo. Eso se considera poco relevante. Como si no tuviera consecuencias relevantes una concepción marxista o nacional socialista sobre el hombre.

3.1 Según sea nuestra visión del mundo así es nuestra interpretación de los hechos particulares y concretos. Y según esa interpretación los valoramos y relacionamos entre sí.

4. Toda visión sobre el mundo se asocia a una concepción filosófica o una fe religiosa. Esto quiere decir algo subjetivo, que a su vez quiere decir algo privado, subjetivo, individual y opcional. Algo que no debe interferir en el espacio común, que es el objetivo.

4.1 Considerar toda visión del mundo visión del mundo algo subjetivo es propio de otra visión del mundo. El nihilismo o el ateísmo son tan metafísicos o religiosos como aquello que niegan. A veces más, pues creen poder ocupar el lugar del sujeto transcendental o de Dios. Y son mucho más intransigentes con quien manifiesta desacuerdo con ellos.

5. Nuestra visión del mundo decide nuestra actitud hacia él, es decir, nuestro modo de estar en él. Nuestra capacidad de integración y comprensión de los hechos novedosos que se le presentan miden la amplitud de esa visión.

6. Es propio de la filosofía volverse hacia esa visión para examinarla y apreciar su alcance.

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16 Diciembre 2009

MIS AMIGOS (I)

De vez en cuando me paseo por unas estanterías viejas, un poco desvencijadas, que tengo en un rincón de la casa. Allí están los libros que ha mucho compré y forman un club íntimo, casi secreto, donde mi memoria recupera momentos aletargados por el olvido.

Hoy me he tropezado con Amado Nervo, con el poeta y su libro Elevación. ¡Ah, qué finura de espíritu!. No sé cuál será la actualidad de Amado Nervo, si es mucho o poco leído, ni que grado de consideración merece en los libros de texto de literatura. Sólo sé que me gustó y me hizo bien, y conservé esa obra que al mismo tiempo me hablaba de su autor.

Cuando adquirí ese libro tendría yo dieciséis o diecisiete años, a lo más. De siempre había disfrutado mucho con la lectura, aunque no disponía de demasiado dinero para libros. Por entonces ya ganaba algunos reales como aprendiz, y la paga que me daban mis padres los domingos solía usarla para esa afición mía.

Entre las pocas librerías librería, quiero decir que solamente se dedicarán a los libros, que había en Cartagena, había una que estaba en la calle Mayor, pequeña, regentada por dos hermanos, creo, de aquellos que vestían un guardapolvos gris, y permitían ojear los libros que se ordenaban en las lejas que cubrían las paredes. Estoy hablando de principios de los años sesenta. Pues bien, en esa librería descubrí la colección Austral, de Espasa - Calpe, con un catálogo amplio de libros de toda clase, editados dignamente en rústica, y de precio económico. Con esa colección me pasaba yo ratos y ratos hojeando obras, unas veces para decidir cuál comprar y otras, muchas, simplemente curioseando, pues no tenía maldito chavo en el bolsillo.

Los libreros, a los que yo consideraba hermanos, condescendientes conmigo, se limitaban a vigilarme discretamente, y me fueron considerando como el visitante fijo de los sábados por la tarde.

(Esa librería hace años que no existe y en su lugar creo que hay una heladería o algo así. Cuando alguna vez he pasado por allí, de visita a ese magnífico puerto de Cartagena, su ausencia me la ha recordado todavía más, al igual que su interior con su olor especial a papel algo húmedo).

Una de esa tardes mis ojos se posaron sobre un breve poema de Amado Nervo entonces para mí un poeta absolutamente desconocido. Se titulaba ¡Oh dolor!, y decía así:

¡Oh dolor!, buen amigo, buen maestro de escuela,

gran artífice de almas, incomparable espuela

para el corcel rebelde..., ¡hiere, hiere hasta el fin!

¡A ver si de ese modo,

con un poco de lodo,

forjas un serafín!

Noviembre, 6 de 1915.

No sé qué oscura razón llevó aquel poema a mi alma, y pagué las dieciocho pesetas que costaba el libro. Al día siguiente estaba leído. Y a pesar de no compartir su escepticismo filosófico, su hondo sentir religioso sintonizaba con mis inquietudes de entonces. Y salvando distancias, edades y categorías, me hice amigo de este excelso poeta.

Le hablé de este libro a mi profesor de dibujo, poeta él, don José Benítez de Borja, para que me diera su opinión y si podía decirme algo de su autor, aparte de lo que ya decía la solapa del libro. El bueno de don José conocía su obra, no demasiado al autor, pero me lo encareció.

El siguiente libro que compré de Amado Nervo llevaba por título "La amada inmóvil", un libro que se publico póstumamente en 1922, creo. Un conjunto de poemas muy sentidos, inspirados por la muerte de su esposa. Esos poemas me emocionaron y me emocionan. ¡Cómo amó a esa mujer! Y al paso, ¿cómo decir que no es posible un amor duradero?.

Por citar uno de los poemas de este libro, citaré uno escrito tres años después de la muerte de Ana Cecilia, su esposa.

 

«E DOV'É ELLA? SUBITO DISS'IO»

DANTE: Paraíso.

Si tras el negro muro de granito

de la muerte hay un mundo, un más allá,

al cruzar el dintel del infinito

mi pregunta primer, mi primer grito,

ha de ser: «Y ella, y ella, ¿dónde está?»

Y una vez que te encuentre, penetrado

de una inmensa y sublime gratitud

para quien quiso fuera de ti amado

y me permite haberte recobrado,

¡a qué pedir más gratitud!

Enero 10 de 1915.

Vivió este gran poeta mexicano lo que San Juan de la Cruz: cuarenta y nueve años. Suficientes para dejar el paisaje humano un poco más bello. Un buen amigo con quien virtualmente platicar, como se platicaba en la puerta de casa, con los vecinos, tomando el fresco en los atardeceres del verano...

 

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14 Diciembre 2009

SAN JUAN DE LA CRUZ…

Tal día como hoy, el 14 de diciembre de 1591, en Úbeda (Jaén), moría San Juan de la Cruz. Murió justo al comenzar ese día, cuando la campana del convento llamaba a maitines. Juan preguntó a qué tañía la campana, y le respondieron que a maitines. Él, abriendo los ojos, y tras miran a quienes le rodeaban, dijo: "al cielo me voy a rezarlos".

Besó los pies del crucifijo que tenía en sus manos, y dijo a su Amado: "A tus manos encomiendo mi espíritu".

Momentos antes, quiso que le leyeran el Cantar de los Cantares, el libro bíblico que tan bien expresa su experiencia de Dios. Podemos también decir que inspiró su Cántico espiritual...

Aquel año de 1591 fue un año de mortificación para Juan de la Cruz. O tal vez mejor de purificación. Un año en que iba a experimentar todo el alcance de lo que dijera a ese gran hermano suyo, Francisco Yepes[1], ese mismo año, por primavera en Segovia:

"Quiero contaros una cosa que me sucedió con Nuestro Señor. Teníamos un crucifijo[2] en el convento, y estando yo un día delante de él, parecióme estaría más decentemente en la iglesia, y con deseo de que no sólo los religiosos le reverenciasen, sino también los de fuera, hícelo como me había parecido. Después de tenerle en la Iglesia puesto lo más decentemente que yo pude, estando un día en oración delante de él, me dijo: 'Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé por este servicio que me has hecho'. Yo le dije: 'Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco'. Esto pedí a Nuestro Señor, y Su Majestad lo ha trocado, de suerte que antes tengo pena de la mucha honra que me hacen tan sin merecerla".

Y aquello que pidió, se le concedió. O tal vez lo presentía. Será un año de renuncias, de verse relegado y de dolores físicos. Sus desavenencias con P. Doria harán que en capítulo de Madrid de 1 de junio de 1591, salga Fray Juan sin cargo alguno, disponible voluntariamente para ir a Méjico. Pero el mismo padre Nicolás Doria impedirá realizar ese deseo. Le sugiere ir a Segovia, pero al final se le envía a la provincia de Andalucía, para que allí el vicario provincial Antonio de Jesús, amigo de Fray Juan, le asigne conventualidad en cualquiera de los conventos que allí tiene la orden.

Juan de la Cruz siente que está siendo labrado para que su piedra asiente bien en el lugar asignado del soberano edificio. Algunos rencores y envidias le han llevado a tener que soportar calumnias y verse relegado a un rincón.

Se instala en La Peñuela, provincia de Jaén, a la espera que le asignen un convento definitivo. Son días de oración, trabajo en el campo y de retocar sus escritos. Siente a veces su alma muy pobre, como atravesando un desierto; pero también el desierto es admirable.

Es a finales del verano de ese año, mientras trabaja en las viñas, cuando siente un dolor agudo en el pie y aparece una mancha carmesí que luego le apostemó el pie y la pierna. Y empiezan las "calenturillas". Los hermanos de La Peñuela sugieren trasladarlo a Baeza, donde hay conocidos de Fray Juan que podrán tratar bien su dolencia. Pero él considera que mejor pasar desapercibido, y pide ir a Úbeda. Allí llega la víspera de San Miguel. Pero mira por donde el prior del convento, Francisco Crisóstomo, es de los desafectos al santo, y no le facilitó el encuentro con el amado. A los dolores del mal y de las curas se unía la mezquindad del prior, que le escatima la comida y el lavado de las ropas y hasta de las vendas que cubrían sus heridas.

Pero a pesar de todo esto, Juan de la Cruz se mantiene de tal forma que no es espectáculo de dolor, sino de amor. Dolores y desatenciones no hacen sino purificarlo para su encuentro con el Amado, haciendo verdad aquello de que para el que ama "no le puede ser amarga la muerte"[3].

Así murió Juan de la Cruz el 14 de diciembre de 1591, a los 49 años de edad, pidiendo perdón por las molestias causadas a quien tanto hizo por aumentárselas a él.

¿De qué murió Juan de la Cruz? De la septicemia causada por su mal, sí, pero también por la atracción que sobre él ejerce el Amado. Él, que consideraba el deseo de morir como una imperfección antinatural[4], vivía en la tensión de saber que "no se puede vivir en gloria y en carne mortal juntamente"[5].

Y ya muerto, San Juan de la Cruz, aquel frailecillo más bien menguado de estatura, nos dejó un gigante a cuyos hombros encaramados podemos contemplar un paisaje más amplio y bello.


[1] Le llamo grande, pues este hombre, albañil, que no sabía escribir y apenas deletrear, alegre, a quien gustaba cantar, danzar y tocar la guitarra para acompañar coplillas, era muy espiritual. Acompañaba frecuentemente a Juan de la Cruz, y era a él a quien el santo le hacía sus revelaciones más íntimas. A pesar de ser pobre y tener no pocas cargas familiares, su corazón compasivo le hacía socorrer a quienes se encontraban en más necesidad que él, como aparecer por la casa con un pobre recogido de la calle para que tomara una taza de caldo caliente y evitar que durmiera a la fría intemperie de Castilla. El joven Juan de la Cruz admiró mucho a su hermano y deseó ser como él.

[2] Francisco de Yepes al relatar esto se equivocó, pues no era un crucifijo, sino un cuadro.

[3] Cántico B, 11,10

[4] Cántico B, 11, 8

[5] Cántico B, 11, 9

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11 Diciembre 2009

¡Feliz Navidad…!

"Dios se ha manifestado naciendo, la Palabra toma espesor, lo invisible se deja ver, lo intangible se hace palpable, lo intemporal entra en el tiempo, el Hijo de Dios se convierte en Hijo del Hombre" (Gregorio Nacianceno. Sermón 38).

Del ser se dice que es verdadero y bueno. Y también bello. Por eso de quien es realmente amigo, podemos decir también que es un amigo verdadero y un buen amigo. Y cuando vemos la amistad así realizada, sentimos que la amistad es bella. Y eso es lo que hace el arte, mostrar ese brillo íntimo que acompaña a la verdad. Es splendor veritatis.

Este lienzo de Rafael, conocido como Virgen de la rosa y que se encuentra en el Museo del Prado, podría acercarnos a ese misterio de la Navidad. En él San Juanito y el Niño Jesús se disputan la filacteria que lleva escrita "Ecce Agnus Dei" (He aquí el cordero de Dios). José y María los miran, los contemplan entristecidos, tal vez pensando en la dura muerte que les aguarda: uno decapitado y el otro crucificado. El fondo oscuro, realza todavía más la luz de las figuras.

Y esto nos ayuda a recordar que lo que se celebra en la Navidad no es el nacimiento de alguien que ha sido muy importante, sino un misterio. El misterio de la palabra que se ha hecho carne, luz en medio de las tinieblas, sentido a las oscuridades de nuestra vida. El sentido es esa palabra amorosa y palpable que se nos dirige e ilumina la belleza que habita nuestra realidad. Alguien que nos conoce íntimamente nos llama y se presta a compartir nuestra vida. Y esa palabra es eficaz porque despierta el poder que hay en nosotros. La fe es ver esa gloria en medio de las dificultades que nos acompañan.

Para aquellos que viajan por este espacio, muchas felicidades. Que aquellos que la enfermedad o la indigencia oscurece su existencia también puedan oír esa voz hecha carne que los dignifica. Que en todos, la belleza de la Navidad despierte el poder de la bondad para hacer un mundo mejor.

¡FELIZ NAVIDAD!

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9 Diciembre 2009

LA VERDAD ENFLAQUECE, PERO NO QUIEBRA

Decía George Orwell que "quien es dueño del presente, escribe el pasado. Y quien escribe es pasado, dominará el futuro". La sentencia es ingeniosa, una de esas frases que salen redondas y a las que uno se siente espontáneamente inclinado a asentir. Suena a fórmula inconcusa, de la que sólo cabe esperar sus múltiples aplicaciones.

Y una de esas aplicaciones podría ser precisamente esa, la de reescribir el pasado. El pasado es lo que da identidad a un pueblo o a una persona. El amnésico no sabe quién es, y esto le causa angustia y desorientación. Para poder seguir siendo el mismo necesita recobrar su pasado. Está a la merced de quien dice saber de él. Si le fabricamos ese pasado de acuerdo a nuestros intereses o finalidades, ya no será el que era, sino otro, el que nos conviene.

Esto también decía Mika Waltari en su novela "Sinuhé el Egipcio":

"...y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que no ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de manera diferente a la verdad".

Quienes pretenden dictar a los hombres individual voluntad eso hacen. Pero el hecho que tengan que recurrir a esa reescritura del pasado pone al descubierto que su dominio del presente es imperfecto. Muestra el punto vulnerable de la fortaleza de poder que se ha construido.

Ese punto vulnerable es la verdad. El pasado puede escribirse de múltiples maneras, de acuerdo con la ideología que se pretende que adopte un pueblo para ponerse al servicio del poderoso, pero no puede ser destruido.

La afirmación primera que sustenta la sentencia de Orwell es débil. El hombre puede pretender ser dueño del presente, y con él, del tiempo que en el presente confluye. Como si fuera Dios, cree poder ser dueño de sí y del futuro de los hombres.

Pero ese dominio tiene el límite de la verdad. Ella se presenta como un territorio inaccesible a su poder. Sobre lo realmente sucedido puede echarse toda una hojarasca de relatos, documentos y testimonios falsos, pero ella seguirá estando ahí, ajena a todo eso. Y toda esa falsedad adoptará la forma de engaño.

La presencia del engaño y la verdad tienen consecuencias muy diferentes. La comprobación de un engaño pone en cuestión todo el resto de afirmaciones relacionadas con él. En cambio, el descubrimiento de una verdad anima a  seguir buscando otras.

El triunfo de la mentira es siempre temporal. Su destino no es otro que acabar derruida. La verdad, por el contrario, está destinada a crecer y permanecer.

Creo que fue Santa Teresa de Jesús quien dijo algo así como "la verdad padece, pero no perece". Ella estará siempre ahí, a la espera de alguien que la descubra. Y quien la oculta y, por tanto conoce, siempre temerá su descubrimiento.

Hace unos días se conmemoró la caída del muro de Berlín. Se han hecho análisis diversos sobre las causas de esa caída y la de la Unión Soviética. Todo muy cierto, pero sin olvidar que el muro cayó por su propio peso: había acumulado demasiada mentira sobre sí como para poder seguir caminando. Se derrumbó.

Esto también debería servir de lección para occidente, pues solamente la verdad puede darle la autoridad que se requiere para ser escuchado. Y eso pasa por reconocer sus raíces...

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5 Diciembre 2009

BÚSCATE EN MÍ

BÚSCATE EN MÍ

Algunos dicen que Teresa de Jesús más que poeta, era una gran versificadora. Ella gustaba de esos romances populares en los que se vertía el pensamiento y el sentir de los españoles de entonces.

En ocasiones, una letrilla popular  encendía su espíritu por encontrar en ella expresada su experiencia de Dios. Así es el caso de la conocida poesía "Muero porque no muero", una glosa a una coplilla popular que también inspiró a Juan de la Cruz.

Santa Teresa no solamente componía coplas, le gustaba que también le enviasen las que otras monjas componían. Ellas servían para animar los viajes y también los momentos de recreación del convento.

Cuando componía sus coplas pensaba también en la tonadilla en que debían ser cantadas e incluso en el baile adecuado para ellas. Se cantaban acompañadas de palmadas como música.

Encuentro la poesía que lleva por título "Búscate en mí" de gran alcance por el contenido y preciosa  y sencilla por la forma. Trato de imaginarla en los labios de Santa Teresa de Ávila, con los ojos vueltos a su interior y musicada por el sordo suspiro de su experiencia.


Alma, buscarte has en Mí,

Y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,

Alma, en Mí te retratar,

Que ningún sabio pintor

Supiera con tal primor

Tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada

Hermosa, bella, y ansí

En mis entrañas pintada,

Si te pierdes, mi amada,

Alma, buscarte has en Mí.

Que Yo sé que te hallarás

En mi pecho retratada

Y tan al vivo sacada,

Que si te ves te holgarás

Viéndote tan bien pintada.

Y si acaso no supieres

Dónde me hallarás a Mí,

No andes de aquí para allí,

Sino, si hallarme quisieres

A Mí, buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento,

Eres mi casa y morada,

Y ansí llamo en cualquier tiempo,

Si hallo en tu pensamiento

Estar la puerta cerrada.

Fuera de ti no hay buscarme,

Porque para llamarme a Mí,

Bastará sólo llamarme,

Que a ti iré sin tardarme

Y a Mí buscarme has en ti.

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1 Diciembre 2009

NO ME ARREPIENTO...

"Yo no soy creyente y creo que el arrepentimiento cuadra con la actitud de los creyentes, pero no con la de los políticos», dijo en el diario El Mundo Santiago Carrillo, comunista, el 2 de Abril de 2003 al ser preguntado sobre qué se arrepentía.

Tenía o tiene razón D. Santiago: el arrepentimiento es algo que solamente va  con los creyentes en Dios, en los creyentes en la forma en que Dios ha sido manifestado en Jesucristo. En la medida que considere que los políticos no son creyentes  aceptaremos que es una actitud que no cuadra a los políticos.

Tampoco es una afirmación tan inusual y más de una vez hemos oído a algún famoso o no famoso decir eso de "no me arrepiento de nada de lo que he hecho en la vida". Aunque suene a arrogante afirmación de sí, hemos de creer que así lo sienten. Sorprende que, a veces,  personas que por sus hechos parece que deberían sentir esa necesidad, no la sientan.

¿Qué es eso del arrepentimiento? ¿Por qué no va con personas como D

. Santiago? ¿Qué lo hace posible? ¿Qué aporta a nuestra vida?

Algunas preguntas parecidas a estas ya se me presentaron cuando vi la para mí magnífica película de Tim Robbins "Pena de muerte" (Dead man walking), con una interpretación sensacional de Susan Sarandon y Sean Penn. Entonces la pregunta que se me planteó era la siguiente: ¿Cuál es la condición que hace asumible el perdón y la supresión de esa pena capital? Tal vez en otro momento valga la pena exponer las reflexiones que me surgieron en torno a esa película. Ahora volvamos a ese arrepentimiento que no "cuadra" a los políticos...

En un primer acercamiento, podríamos decir que el arrepentimiento es un modo de sentir y ver lo ya pasado. Es un modo y no el modo,  porque hay otros modos de confrontarse con el pasado en el cual uno participó. Veamos, pues, esos otros modos que tal vez nos ayuden en nuestro deseo de desvelar la naturaleza del arrepentimiento.

El primero sería el sentir indiferencia frente a lo hecho y acontecido en uno. Ciertamente participé en aquel hecho, pero es ya algo pasado e inalterable. Ya no se puede hacer nada. El supuesto de esa impotencia me excusa de ocuparme de ese pasado, que es visto como el funcionario que ante la angustia de alguien utiliza la fórmula del "Lo siento, pero no puedo hacer nada por Vd." Y con esta fórmula aleja de sí aquello que puede molestar la tranquilidad de una conciencia ocupada solamente en su yo. La conciencia se hace impermeable al pasado que le implica para evitar una responsabilidad que no se quiere asumir.

Esta conciencia funcionarial refuerza su protección frente a su pasado mediante una ideología que hace ver que su actuación fue necesaria o consecuente esas convicciones. Y con esto "mira hacia otro lado", como si así los otros y el mundo otro

dejaran de existir. La realidad de los otros está ahí como algo que no fuera conmigo.

Tenemos también otra forma de sentir el pasado a la que llamamos pesar. ¿A qué nos referimos con esa noción y qué nos causa pesar? A esa mirada dolorosa hacia lo vivido, a aquello que en nosotros vive en la memoria  y es visto como una carga difícil de soportar.

Nos causa pesar la muerte de un ser querido, aquello que se dijo y tuvo consecuencias negativas para mí, el no haber aprovechado el tiempo en su momento o el haber dejado pasar una ocasión de enriquecerme. Nos causan pesar aquellas cosas o acciones ya

ocurridas y sobre las que ya no podemos hacer nada, pues la realidad del pasado ya no puede ser modificada o destruida. Uno puede pensar si no hubiera dicho tal cosa o hubiera aprovechado aquella ocasión, pero se trata de un condicional ineficaz que en nada cambia la realidad.

El pesar no tiene porque tener una connotación moral. Puede sentirse pesar por haber causado un mal, pero también por no haberlo causado. Alguien puede sentir pesar por no haberse aprovechado de algo cuando se presentó la ocasión, aún perjudicando a otros. O de no haberse vengado en su momento. Sé de algunos que sienten pesar de "haber sido tan buenos" o de haber hecho favores a otros.

Incluso puede ser una expresión de egoísmo, en tanto que lo siente es las molestias o perjuicios que eso le ha causado. Siento lo que dije porque me ha dejado en evidencia o porque ha perjudicado a mi reputación.

Al mismo tiempo que el pesar me turba, me justifica y excusa, pues está referido a algo sobre lo que ya no se puede hacer nada y frente a lo cual ya no soy libre. ¿Acaso no hago todo lo que se puede hacer ante algo ya inevitable, que es el sentirlo?

En el pesar la realidad es vista como algo que va conmigo, pero agresivamente. De ahí su tendencia al condicional: "si no hubiera hecho esto o aquello...; si no hubiera ocurrido tal cosa... ahora yo...". Es la conciencia de quien sienta lo vivido más como víctima que como autor. Tal vez de ahí la complacencia en la autocompasión.

Con el remordimiento entramos ya en la zona de lo moral. Ahora se siente dolor por ser culpable de la transgresión de un valor o de una norma. Uno se ve acusado por su conciencia de algo que podía haber sido evitado o hecho.

¿Qué es lo que remuerde en los remordimientos? No tanto lo hecho como el estar en contradicción con un valor interiorizado con el que me identifico. A veces puedo sentir remordimientos por acciones que, vistas objetivamente, son justas, como, por ejemplo, dejar por un rato a la madre posesiva que retiene a la hija o al hijo con los más variados chantajes emocionales.

Con los remordimientos, la persona se divide entre el sentimiento de un valor transgredido y la libertad negada por sentirse atada a ese sentimiento. Esta división es un desgarro que produce un dolor cuya intensidad mide la distancia de esa división.

La conciencia que acompaña a los remordimientos es una conciencia pasiva que asiste a ese conflicto interno, sin saber qué hacer. Por eso el carácter ambivalente de los remordimientos: pueden ser la puerta de entrada al arrepentimiento, pero también a los escrúpulos obsesivos que aplastan la conciencia y la conducen a la desesperación.

Llegamos así al arrepentimiento, que es otra cosa distinta de todo lo anterior.

Es "otra cosa" porque ya no se mueve solamente en el plano de las inclinaciones, en el plano de los sentimientos, sino en el plano del espíritu y los sentimientos que acompañan a su experiencia. La conciencia se vuelve hacia lo hecho y lo mira hasta verlo. Acepta el reto de tener que contestar a la pregunta "¿Dónde está tu hermano Abel?" (Gen.4, 9). ¿Dónde está aquel bien que tu acción ha hecho desaparecer?. ¿Dónde está aquello que estaba, era bueno, y ya no está porque falta?

Ese es el mal: un vacío en cuyo abismo se ha colocado mi ser con su acción. Una nada que me implica. Porque la acción no solamente ha hecho el mal, también me ha hecho a mí malo. Por eso trato de ocultar a los ojos de los demás mi "estar en falta". Y me construyo una vida de espaldas a esa falta. "Si los demás ignoran la falta, esta no existe".

"¿Qué has hecho?". La aceptación de  la pregunta obliga a abandonar el mundo en que uno vive de acuerdo con lo que se dice, un mundo construido con razones que me justifican y amparan de aquello cuya visión desazona. Pero el abandono de ese mundo impersonal supone recogerme en mi mismo, abandonar el personaje de que me había revestido, para descubrir la persona que realmente es y puede ser.

En el recogimiento mi ser se traslada del plano de los sentimientos de su yo empírico a esa intimidad que le abre la realidad de las cosas. Se renuncia a la actitud que me echa fuera de mí ("tendré que vagar por el mundo lejos de tu presencia" Gen. 4, 14), para reconocer la falta en la que estoy.

¿Qué cosa puedo hacer ante el vacío que mi acción ha creado, y al que estoy atado por ser su autor? Reconocer el error, que aquello no debió haber sucedido jamás y romper la complicidad que mi soberbia establecía con la falta. Se arrepiente de lo hecho, renuncia a toda justificación que le aparte de la realidad de su falta, y vuelve su conciencia a quienes ha sido arrebatado aquel bien para pedirles perdón. Es entonces cuando se experimenta la liberación de la opresión de la falta.

El que experimenta el arrepentimiento se siente otro. Es lo mismo, pero no el mismo. Quien se presenta ante quienes han sido ofendidos es ahora otro digno de ser acogido, pues brota en él impulso a pedir perdón. Se trata de una petición dirigida a quien ha sido ofendido, pero también al autor de todo bien, a Dios, pues solamente Él puede liberarme totalmente de mi falta.

Mis semejantes pueden tal vez llegarme a perdonar, pero difícilmente olvidarán y me brindarán su amistad. Pero para Dios sí es posible hacer las cosas de nuevo y restablecer aquella armonía perdida.

***

Sí, el arrepentimiento va algo que va con los creyentes o aquellos que su proceso interior les ha llevado a percibir la transcendencia. Para quien se mantienen en una actitud como la del Sr. Carrillo solamente hay errores que lamentar, pues les apartaron de sus objetivos objeto de sus deseos.

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27 Noviembre 2009

HECHA LA TRAMPA, HECHA LA LEY (Ocasional)

Sé que el dicho dice que "Hecha la ley, hecha la trampa", y que alude a las escapatorias que toda ley presenta y por donde el malvado siempre encuentra salida. Eso cuando no se hizo pensando ya en los agujeros por donde se podrían colar las acciones de quienes no quieren que la ley ponga freno a sus ambiciones.

Pero parece que en España se ha entrado en un proceso de inversiones, y en lo tocante a la ley el dicho se ha invertido. Primero se hace la transgresión y después se legaliza. Un ejemplo, podría haber otros, es la ley del aborto que ahora se discute. Hagamos primero la trampa, y después la ley, de forma tal que ahora se presente como una ampliación de los derechos individuales.

Si la ley era expresión de la razón, ahora es regulación de las inclinaciones o tendencias, de los deseos. Y si la razón es determinación y límite, el mundo de los deseos es ilimitado y cambiante. Los gobernantes, más que cumplir y hacer cumplir las leyes, se han convertido en caprichosos legisladores inspirados por sus deseos, intereses o delirios ideológicos. Su instrumento es el Parlamento, elevado a categoría de templo sagrado, tal como creo que dijo la socialista Pajín, donde se consagran, como no podía ser de otra forma, los deseos de quien maneja la mayoría.

Si una de las cosas que hace respetable la ley es su antigüedad, ahora ocurre que lo que hoy es delito, mañana es virtud, y a la inversa. Las competencias legislativas alcanza a todo y todo es susceptible de ser controlado por el poder. Los que solamente son ciudadanos, reducidos a mónadas sociales, no disponen terreno sobre el que ejercer alguna autoridad, pero han de soportar todas las leyes que no afectan a quienes tienen el poder de transgredir.

Si se dice que la ley es justa cuando es igual para todos, esto no se logra cuando hasta la Carta Magna es objeto de olvido y transgresión por los mismos que debieran velar por ella.

Decía Heráclito de Éfeso que el pueblo debe luchar por sus leyes más que por sus murallas, y así lo creo, pues nada le desmoraliza más que las leyes caprichosas e injustas, y nada le defiende mejor que las leyes respetadas por justas. Son ellas, cuando tienen tras de sí leyes consuetudinarias y la guía de la razón, las que dan unidad y fuerza al cuerpo social.

También se dice que la democracia es una forma de gobierno débil para pueblos fuertes, en tanto que la dictadura es un gobierno fuerte para pueblos débiles. Pero cuando el pueblo es débil por disgregado y desmoralizado, sea cual sea la forma de gobierno que tenga, no le queda otra que rascarse la invasión de pulgas que le viene encima.

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Sobre mí

Mi nombre es José Luís Samper. Soy un cristiano interesado en cuestiones de metafísica, ciencia, educación y todo aquello que pueda ayudarme a entender mejor el mundo actual alquiler de pisos
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