SER UN HOMBRE DE PROVECHO...
Un consejo propio de una sabia concepción de la vida. “Ser de provecho” significaba ganarse la vida honradamente haciendo algo útil para los demás: a la familia, a la comunidad, a la patria. Ser útil a los demás, no un parásito o una carga para los otros. En ser de provecho estaba la honra del hombre, su dignidad. Del varón y la varona, para que nadie se sienta excluido.
Se entendía que en ese “servir para algo y para alguien” estaba la satisfacción humana. Se trataba de una especie de postulado evidente por sí mismo. Y a la luz de esa evidencia se ordenaban las exigencias a los padres y a la escuela.
Ese principio tenía la virtud de señalar una meta alcanzable por todos. Ser excelente en matemáticas, o muy hábil en el dibujo, o muy dotado para el deporte quizás no esté al alcance de todos, pero ser una buena persona, honrada y trabajadora sí que puede lograrlo todo el mundo. No depende de la inteligencia o las cualidades recibidas. Es una voluntad moral. Los hay muy inteligentes y habilidosos que son moralmente muy despreciables. No encuentro razón para que reconozcamos a personas disminuidas físicas o psíquicas y no veamos a los disminuidos morales. Y eso que estos últimos pueden hacer mucho mal.
Evidentemente hay que estudiar todo cuanto se pueda. El conocimiento es muy valioso. Pero aquello que lo hace digno de alabanza es el estar al servicio del bien de los otros y de uno. Y esto se olvida.
¿Dónde una educación que ayude al desarrollo de lo que cada cual lleva como propio? Se manejan números, objetivos, niveles de conocimientos, costos, instalaciones… Todo lo que hace referencia a la escolarización de los niños. ¿Pero dónde la persona y su vocación a ser útil a los demás?
Educador es aquel que sabe sacar de las personas lo bueno que llevan dentro. Sus cualidades y sus disposiciones al bien. Desarrollando aquello que ya es, el hombre encuentra su realización. Pero desde muy temprano, se les orienta al éxito económico, a ganar dinero. A una profesión que dé dinero. A ganarse la vida, se dice.
Pero la vida no se gana, se merece. Es un regalo para ser disfrutado con los que amamos, compartiendo aquello que se tiene. Quienes entienden su vida como tener dinero tal vez eso les haga sentirse poderosos, pero son en realidad menesterosos, casi tanto como quienes sin tenerlo se consumen en su deseo por él. No, el objetivo en la vida no puede ser “tener”, sino ser aquello que nos hace personas: algo único y a la vez comunicativo, comunitario.
ACTIVISMO Y ADMIRACIÓN
El mundo occidental, tal y como hoy lo conocemos, se ha construido sobre la idea de “progreso”. Por lo menos ese ha sido uno de sus pilares. Para esa idea, el pasado es un peso muerto. Y el presente, en la medida que es deudor de ese pasado, algo mejorable. Está llamado a ser superado. Aunque la idea de progreso pueda rastrearse incluso en los clásicos griegos, es en el siglo XVIII cuando se vuelve ideológicamente activa. Es decir, viene a formar parte del pensamiento político de quienes se creen llamados a configurar la sociedad.
La idea de progreso no solamente está referida al campo de las ciencias y la técnica. También abarca la moral, el ordenamiento legal de la sociedad, la educación… Todos los campos de la vida humana son afectados por esta idea.
Esta idea entiende el movimiento de la historia como un progresivo acercarse al paraíso futuro. Este paraíso no es algo que ha de “venir” como recompensa a una vida piadosa y honesta, sino que el hombre ha de construir con su actividad. En ese paraíso el mundo está ordenado de acuerdo con los deseos y gustos del hombre. Es en la satisfacción de eso deseos que se encuentra la felicidad. Aquel paraíso al que apunta la idea de progreso viene a ser una secularización de la esperanza cristiana. Se tiene fe en el progreso. El progreso no es una evidencia, sino aquella esperanza en que la actividad humana hará realidad los deseos de los seres humanos.
La idea de progreso proporciona a los hombres una misión, la de construir esa ciudad terrena de paz y felicidad. Y al ser una, esa misión es fuente de unidad para la a la comunidad humana.
Las nuevas ideas, las nuevas costumbres, los nuevos inventos, las nuevas técnicas…, todo lo nuevo es visto como algo que nos acerca a ese futuro deseado. La novedad es hace que el movimiento de la historia sea progresivo e irreversible. Las creencias y costumbres recibidas deben ser reinterpretadas o modificadas para hacerlas homologables a esas novedades si no quieren ser condenadas como algo anacrónico.
“Otro… …es posible” se ha convertido en un esquema formal aplicable mecánicamente a cualquiera de los campos sobre el que se quieran proyectar nuestras acciones y gustos. “Otro mundo es posible”, “otra política es posible”, otra economía es posible”, “otra Iglesia es posible”, y así sucesivamente. Se sobrentiende que ese “otro” será algo mejor y realizable.
La idea de “progreso”, pues aparece ligada a la de “actividad”. Progresar es modelar el mundo de acuerdo con lo que uno cree que “debería ser”. El progresista es un “activista”, alguien que quiere construir el mundo por sí mismo. Esto lleva envuelto una consideración del mundo como objeto de su hacer. El mundo es un conjunto de cosas dispuestas para ser manipuladas por el hombre, sin que reconozca nada superior a él.
Sin embargo, después de más de doscientos años siguiendo esa estrella del progreso, el estado actual de cosas sigue siendo muy insatisfactorio y debe ser cambiado. Además, existe la sospecha que muchas de las cosas logradas también han puesto en riesgo la vida. Hay quienes tienen dudas de que hoy seamos más libres, honestos o felices. En aquellas sociedades más “progresadas”, como pueden ser las occidentales, hay también hastío por los mismos bienes materiales y culturales que su actividad ha producido. La tecnología ha proporcionado ahorro de esfuerzo y tiempo, pero el posible ocio generado es para muchas personas fuente de tedio e insatisfacción.
El futuro al que está orientado el progreso no es visto por todos igual. Se trata de un espacio en blanco que puede ser rellenado de muchas maneras. Es un campo de opinión en el que lo único que comparten todos los “opinantes” es el “tener que hacer” aquello que propone su opinión. Comparten el estar encerrados en su mundo material, aunque unos crean que hay que velar por ellas, otros transformarlas o aumentarlas.
Pero también existe en el hombre la posibilidad de la admiración. De ella nos dice Platón en el Teeteto que es “el sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración» (Teeteto, 155d). También Aristóteles registra la misma idea: “por la admiración comenzaron los hombres, ahora y antes, a filosofar» (Metafisica, 982b11 ss.). Por ese “zaumádsein” el mundo se manifiesta al hombre como algo único, original, extraordinario. Por la admiración el mundo es un sin-fondo que nos trasciende y que nos obliga a pensarlo.
La admiración también lleva a un hacer. Pero como la relación con el mundo ya no es con la de un mero objeto, sino con aquello que me sobrepasa, el hacer que me demanda es trabajar por cambiar mi actitud para que las cosas se manifiesten libremente, al margen de mi deseo o gusto. También en mí se impone la necesidad de liberarme de las “fórmulas” que impiden ver el carácter insólito de toda existencia.
El progreso, sin la admiración que constantemente muestra la transcendencia del ser, se restringe a un tener cada vez más, reteniendo cada vez menos. El mundo no es algo para ser meramente usado, sino también amado y conservado. Con la admiración el futuro, para ser tal, tiene que incluir el pasado; de ese modo no es un mero vacío que puede ser rellenado arbitrariamente, sino que además de una misión comporta una responsabilidad con el legado recibido y los humanos que lo habitarán.

Era hijo de una familia hispano-romana de Cartagena bastante singular, no solamente por su elevado rango, sino porque de ella salieron cuatro santos: además de San Isidoro, San Leandro, Santa Florentina y San Fulgencio. Su padre, el duque Severiano, junto con su familia probablemente huyó a Sevilla, por no ser partidario de los bizantinos que entonces dominaban buena parte del sureste de Hispania. Tanto Leandro, arzobispo también de Sevilla, anterior a Isidoro, como el resto de la familia, contribuyeron a la conversión de los visigodos del arrianismo que profesaban al catolicismo.
En la catedral vieja Cartagena se conservaba (espero que siga allí) un pozo en que, según la leyenda, San Isidoro, siendo niño, observó las hendiduras que las cuerdas habían hecho en la dura piedra del brocal, lo que le hizo pensar que también la voluntad del hombre puede vencer las duras dificultades de la vida. Y fue esa reflexión la que, siendo rebelde a la disciplina del estudio que le imponía su hermano Leandro, le hizo regresar con amor a los libros.
Fue un infatigable recopilador del saber de su tiempo con objeto de conservarlo y divulgarlo. Aunque su obra más conocida sean las Etimologías u Orígenes, obra dividida en veinte libros en la que se recogen de forma sintética y sistemática todo el saber que se había conservado de la cultura romana para transmitirlo a los visigodos y demás reinos bárbaros en que se había dividido el Imperio Romano. San Isidoro viene a ser como un puente entre una civilización que colapsa y otra que emerge de la anterior con muchas inseguridades. Isidoro se ocupó de ordenar los estudios, empezando por la lengua griega y hebrea, para que el conocimiento conquistado por los hombres no se perdiera.
¿A qué se debe que se le nombrara patrón de internet? Internet ofrece muchas cosas, como diversión, comercio, pasatiempos o comunicación. Pero desde hace ya unos cuantos años también se está convirtiendo en la biblioteca más rica, accesible y eficaz de todos los tiempos, un inmenso depósito del saber humano. Libros, documentos y todo tipo de información disponible para ser estudiado y reflexionado.
Al igual que hizo San Isidoro con el saber de su tiempo, conservándolo, recopilándolo y poniéndolo al servicio de la escuela y la ordenación de la enseñanza, esa es una de las posibilidades que algunos han encontrado en internet. Los amantes del saber como herramienta de mejoramiento humano han encontrado en la red un vehículo para poner al alcance de todo el mundo el conocimiento adquirido por el hombre.
Son estas personas las que necesitan un santo patrón, una advocación que les ayude a conservar ese espíritu de caridad hacia los demás. ¿Qué mejor acto de bondad que compartir con otros aquellos conocimientos que le ayudarán a ser más libre y mejor persona? Frente a los nuevos bárbaros que de nuevo invaden el mundo y también la red, San Isidoro puede ser un modelo para conservar y rescatar todo aquello cuya memoria vale la pena conservar. No solamente el recuerdo, sino también el sentido de lo sabido, tal y como se hace en sus Etimologías.
Una transmisión del saber a escala universal de forma concisa, como lo hacían aquellos sabios de la antigüedad que se sentían responsables de cada palabra que escribían o decían. Como dijo Benedicto XVI el 18 de junio de 2008 a propósito de este santo, fue admirable “su preocupación por no descuidar nada de lo que la experiencia humana había producido en la historia de su patria y del mundo entero. San Isidoro no hubiera querido perder nada de lo que el hombre había adquirido en las épocas antiguas, ya fueran paganas, judías o cristianas”.
Para los internautas cristianos, podemos acabar con estas palabras de Diego Quiñones Estevez:
“El Patrón de Internet, pero sobre todo el Maestro de la Europa Medieval, ha de ser la estrella de sabiduría que guíe a los internautas y a todas las mentes abiertas, por los caminos del amor a Dios, a Cristo, al Evangelio, a la Iglesia y a la cultura universal”.
EN EL DOMINGO DE RAMOS…
Los hechos conmemorados, y que la liturgia nos hace presentes, son la entrada de Jesús en Jerusalén. Su vida fue una peregrinación para entrar en esa Jerusalén y, mediante la procesión, los creyentes en Jesús, manifiestan su asociación a la peregrinación del mismo Cristo. En esa Jerusalén terrenal se manifiesta la presencia de Dios en el santuario y en el mundo. Pero esa entrada prefigura la otra entrada triunfal en la Jerusalén celestial, aquella hacia la que se dirigen los redimidos por la pasión de Jesucristo, y que es el paso de la muerte a la vida que se celebra en la vigilia pascual. El acontecimiento de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es signo de su triunfo definitivo sobre la muerte con su resurrección, pero la lectura del acontecimiento de su pasión y muerte que se hace en la eucaristía nos recuerda que el tránsito a la Jerusalén celestial, a la resurrección, pasa por el sufrimiento y la cruz.
La liturgia de estas celebraciones es una invitación a la meditación. Lo que hace es ponernos delante de un acontecimiento histórico, ante un hecho situado en el espacio y en el tiempo, como todo hecho: alguien que entró aclamado como rey en Jerusalén cierto día y que después fue torturado y muerto en una cruz. Alguien que había mostrado un gran amor a los hombres, una gran sabiduría, un hombre que había curado a muchos enfermos y que mostraba una gran compasión por los que sufren. Admirado por muchos y temido por las autoridades religiosas de los judíos. Un hombre que por su vida y milagros se ve como el Hijo de Dios.
Estamos a más de dos mil años de los hechos que se narran. Unos hechos que tuvieron un alcance mediático limitado en su tiempo. Y, sin embargo, para los cristianos son unos hechos significativos, pues en ellos se revela la acción de Dios en el mundo. Por eso forman parte de ese otro relato que es la profesión de fe, el credo.
Para los cristianos, Dios no solamente se manifiesta en el espacio, en la naturaleza, sino también en el tiempo, en la historia. En el tiempo acontecen hechos reveladores de la acción salvadora de Dios, reveladores de lo que Dios quiso para nosotros. Unos hechos que por su carácter revelador de Dios constituyen una “historia sagrada”. La historia que la voz inspirada de los profetas nos hacen ver como manifestación de Dios.
Esto nos descubre otra dimensión de la verdad. Junto a la verdad entendida como juicio evidente y que como tal puede servir de fundamento a un cuerpo de verdades sobre el mundo, tenemos la verdad como hecho revelador. Lo específicamente cristiano es que la verdad no es solamente un “qué” (=¿qué es la verdad?), sino un “quién” (=¿quién es la verdad?). El “qué” hace posible el fundamento de nuestros conocimientos sobre el mundo, pero el “quién” fundamenta nuestra vida, y al reconocer a Cristo como la Verdad el cristiano se asocia a Él para participar de su muerte y resurrección. El hombre vive en el mundo y en él realiza su vida, pero su atención está centrada en la historia, en aquellos acontecimientos en que se manifestó la voluntad de Dios, a la cual quiere unir la suya. En el primer caso la verdad nos instruye, pero en el segundo da significado a nuestra libertad y nos salva.
La repercusión de esto sobre nuestra concepción del tiempo es grande. Espontáneamente tendemos a ver el tiempo como un movimiento cíclico. Al día sigue la noche y a la noche, el día. Las estaciones se suceden y repiten cíclicamente. Todo parece seguir una secuencia circular de creación, destrucción, re-creación. Es el tiempo cósmico, repetición constante de lo mismo, autoalimentado y sin dirección alguna. Solamente el instante intemporal, el punto al que todo ciclo supone, está fuera del tiempo, como un eterno presente. Platón nos dirá del tiempo que es la imagen móvil de la eternidad, de ese presente virtual inmóvil que es el instante.
Ese tiempo cósmico puede resultar desesperante. Sin origen, sin significación, sin vinculación con la vida del hombre, aparece como un devorador de todo cuanto hay. El pasado es simplemente muerte, pues ya no es, al igual que el futuro es nada, pues todavía no es. La salvación en esa concepción del tiempo consiste en liberarse en escapar de esos ciclos fatales.
Para los israelitas y para los cristianos el tiempo es lineal, tiene un principio y se dirige a un fin. Empezó con el hecho de la creación y se dirige a su eterna reconciliación con Dios, reconciliación ya manifestada en la muerte y resurrección de Cristo. La salvación del ser humano, pues de eso se trata, se realiza a través de unos acontecimientos que se desarrollan según el designio divino, según sus promesas. Pasado, presente y futuro son la triple dimensión del tiempo: lo prometido en el pasado, el presente lo inicia para su realización en el futuro.
Y eso marca un distinto significado para las fiestas bajo la visión del tiempo cósmico y el tiempo como historia. En el primer caso las fiestas son actos del drama cíclico de la naturaleza, su periódico renovarse y en los cuales el ser humano se libera de la prisión del morir y nacer. En el segundo, las fiestas son la memoria de los hechos salvíficos de Dios. Son el recuerdo de aquellos momentos en que Dios intervino en su historia, encuentros con Dios que cambiaron su existencia.
En cuanto acontecimientos que ocurrieron en un determinado lugar y momento sólo pueden ser evidentes para quienes fueron testigos de los mismos. De ahí la necesidad de mantener viva su memoria en la celebración litúrgica, en la Tradición que conserva esas experiencias. La fe de “los vivos” es la fe de “nuestros padres”.
Una fe basada en un acontecimiento de hace más de dos mil años no puede ser una fe que se impone a la inteligencia al igual que el principio de causalidad o cualquier otro principio de razón. En este sentido no es una fe universal. Si lo es la invitación a tratar y conocer a Jesucristo, quien revela el misterio de Dios. Y este conocimiento se hace a través de quien son fieles a la memoria de Jesús. En Él se encuentra la respuesta, no a las preguntas arbitrarias de la ciencia, sino a la pregunta que la vida de cada ser humano es.
LA ALDEA GLOBAL (NOTAS)
1. La expresión de “aldea global” para referirse a nuestro mundo, introducida, creo, por McLuhan hacia finales de los años sesenta tuvo fortuna y hoy es utilizada frecuentemente para nombrar la nueva situación de la humanidad. Parece bastante evidente que la rapidez de las comunicaciones ha empequeñecido nuestro mundo. Las interrelaciones y dependencias económicas, sociales y políticas se han estrechado. Hoy es fácil estar al caso de los conflictos y problemas que acaecen en el mundo de forma prácticamente instantánea. Internet es una fuente de información, comunicación e intercambio de ideas asombrosa. También nos permite percibir que todo está interconectado, y cualquier acontecimiento en un punto de este mundo tiene repercusiones en el resto. Estas comunicaciones han facilitado percibir la gran variedad cultural que hay entre los seres humanos.
2. Sin embargo, para el aldeano su aldea es su mundo. Y su mundo se ha vuelto más agitado y complicado con tanta rapidez en las comunicaciones y tantas interdependencias. ¿Qué aumento de felicidad le aporta disponer de más y más rápidos medios de comunicación? Lo que han aumentado son sus necesidades, y con ello el riesgo de no poder satisfacer algunas de ellas y, consiguientemente sentirse más desdichado.
3. La aldea global sugiere la idea de una comunidad mundial. Pero la llamada multiculturalidad no es otra cosa que las distintas tribus que por afinidad se han creado. Un compartir el espacio entre distintos grupos que se ignoran entre sí unas veces y otras se agreden. El mundo se ha hecho pequeño y estamos todos más juntos, pero esto no significa que estemos más unidos.
4. Los impulsores de la aldea global han sido los financieros. La aldea global surgió como resultado de un modo de producción, de una concreta visión económica del hombre. De ahí que, en primer término, la llamada aldea global sea en realidad un mercado global. Son los grandes grupos financieros quienes contemplan nuestro mundo como desde fuera. Para ellos es una aldea, pues pertenecen al mundo más amplio que les da el poder del dinero y el poder político asociado al dinero. Ellos son los globalizadores; los demás somos los globalizados.
5. Son los globalizadores y sus capitales los que realmente se mueven con libertad en la aldea global creada. Son ellos los que diseñan los modelos de desarrollo que les convienen, los que deciden las pautas culturales que se deben seguir, arruinando la tradición de personas y pueblos.
6. Incapaces de detener la dinámica por ellos creada de “cada vez más” son la expresión de una mentalidad puramente cuantitativa que degrada la Tierra y frustra al hombre al impedirle el acceso al “ya tengo lo suficiente”.
7. Los aldeanos de la aldea global, del mercado global, son, en realidad, consumidores, y su idolatría el consumismo, a cuyos ídolos sacrifican tiempo y familia. Y junto a ellos están los muchos desamparados a los que no llegan sino las migajas de lo que en la aldea se produce. Los globalizadores se limitan a recoger y administrar los ahorros que unos y otros generan.
8. Pero ¿es la aldea global el fin de la historia? No lo creo. De todo lo despreciado por los globalizadores y sus servidores saldrán las fuerzas que los derroquen. La pobreza y la injusticia clama al cielo y, tarde o temprano, de allí vendrá la respuesta.

