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METANOIA

El blog de José Luís Samper

22 Enero 2009

LOS INICIOS DE EUROPA

Volvemos sobre la conferencia del cardenal Ratzinger del 13 de mayo de 2004. Volvemos sobre el problema de Europa. Problema que nace del hecho de ser Europa un concepto cultural e histórico. Un concepto cuyas notas definitorias han nacido y se han desarrollado en el tiempo. Por eso solamente podemos pensar Europa desde el horizonte de su historia.

A la hora de señalar las articulaciones claves de esa historia, Razitger comienza, como es bastante usual, por señalar que Europa, como concepto geográfico, se encuentra ya en Heródoto (484 – 425 aC), cuando afirma éste que: “los persas consideraron Asia y las naciones bárbaras que la pueblan como cosa propia suya, reputando Europa, y en particular el mundo griego, como una región separada de su dominio”[1].

Tanto Europa como Asia son en la visión de entonces un espacio impreciso para ubicar el mundo conocido, sin ninguna connotación cultural. Para Heródoto la mayor parte de países que hoy se consideran como el núcleo de Europa no existían o eran simplemente bárbaros. De hecho la mención que hace Heródoto de esas dos regiones geográficas es de pasada y en relación al origen de los conflictos entre los griegos y los persas.

En ese mundo por ellos conocido, el mundo griego aparece como una cultura más entre las otras que se dan en su entorno. La historia de Heródoto tiene como objetivo, según manifiesta en el Prólogo, “que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos oscurecer las grandes y maravillosas obras de los griegos y los bárbaros”. Lo de “bárbaro” no tiene más significado que el “extranjero” o “no griego”, aunque incorpore una connotación de superioridad, cosa habitual en cualquier pueblo al verse en relación con “otros” pueblos.

Pero buscando las causas verdaderas de los enfrentamientos entre griegos y persas, después de exponer la versión persa que atribuye los conflictos a una serie de raptos (Io, Europa, Medea, Helena), fija su atención en la figura de Creso, el primero entre los tiranos bárbaros que conquistó algunos de los pueblos griegos del Asia y los hizo tributarios suyos. Antes de que reinara este tirano, los griegos eran pueblos libres e independientes.

Heródoto describe a Creso como un personaje piadoso, respetuoso con los dioses, a los que trata de ganarse con generosas ofrendas, ambicioso, satisfecho de su poder y que aprovecha “todas las ocasiones para engrandecerse”[2].

Frente a esa figura, Heródoto coloca al griego Solón. Solón visita a Creso en su corte de Sardes. Lo hace movido por dos motivos: para no verse presionado a abrogar ninguna de las leyes que había dado a los atenienses, y a las que estos se habían obligado con solemne juramento a observar y no revocar por sí mismos, y, sobre todo, por el deseo de “contemplar” (theories) el mundo.

Creso, buscando la admiración de Solón, manda que le sean enseñados a éste todos sus tesoros y riquezas, símbolo de su poder. Y convencido Creso de haber despertado la envidia de Solón, le pregunta si ha visto a alguien realmente dichoso, feliz. Y antes de formular la pregunta, califica a Solón de famoso por su sabiduría y ciencia política, además de experto por lo mucho que ha visto. Ensalza a Solón porque ensalzándolo se ensalza a sí mismo, ya que espera oír que es él, Creso, el hombre más feliz del mundo, respuesta tanto más halagadora cuanto de más alto venga.

Solón, que solamente conocía el lenguaje de la verdad, sorprende a Creso considerando a Tello el ateniense como el hombre más feliz porque vio prosperar a su patria, a sus hijos como hombres de bien, crecer a sus nietos y haber tenido una muerte gloriosa en el campo de batalla en defensa de los suyos. Tampoco concedió a Creso el segundo lugar entre los hombres dichosos, sino a los hermanos Cleobis y Biton, argivos de mediana fortuna, fuertes y valientes, admirados por sus triunfos de los juegos y, sobre todo, por el amor que mostraron a su madre, a quien, a falta de bueyes, llevaron uncidos ellos a un carro para que pudiera asistir a las fiestas en honor a Juno, recorriendo el espacio de cuarenta y cinco estadios; halagada su madre por lo mucho que los ciudadanos de Argos celebraron la resolución y amor filial de los jóvenes pidió a la diosa Juno concediera a su hijos la mayor gracia que pueda recibir un mortal; y después de asistir los dos hermanos al sacrificio en que tal petición se hizo y participar en el banquete que se le siguió, ambos entraron en un profundo sueño del que no despertaron ya jamás.

Tanto de Tello como de Cleobis y Biton guardaron sus conciudadanos memoria.

Creso pregunta a Solón cómo es que no lo cuenta entre los hombres felices, a lo que éste le contesta, que sabiendo como sabe lo tornadiza que es la fortuna y lo fácilmente que puede ocurrir que uno vea lo que no quisiera y sufra lo que no temía, considera que a nadie se le puede llamar feliz hasta ver el final del curso de su vida.

No gustó a Creso la respuesta de Solón y se sintió herido en su orgullo. Así que despidió a Solón y no volvió a acordarse de él hasta que se vio a punto de morir en la hoguera, por orden Ciro, conquistador de su reino. Fue en esa situación límite cuando Creso vio cuán verdaderas eran las palabras de Solón, hasta el punto de invocarlo y decir de él que “era aquel que yo deseara tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer inmensos tesoros”. Y esto le salvó la vida.

Las reflexiones y observaciones de Solón no nacen de las costumbres de su ámbito cultural o para satisfacer sus deseos, sino de su experiencia y contemplación de lo que acontece en el mundo. Solón, contado entre los sabios de Grecia, es un representante de una actitud que alumbra en las ciudades griegas por aquel tiempo. Sus palabras no surgen de un determinado sistema de creencias, con su lógica interna, y propio de una concreta cultura, sino de una racionalidad humana asumible por cualquiera. Se trata de una reflexión que salta por encima de su propia cultura. El hecho de que naciera en un momento determinado y en el mundo cultural helénico no limita ni lo circunscribe a él. Su alcance es universal, pues habla al hombre, a todo hombre en tanto que dotado de naturaleza racional. Se trata de una enzima que primero fermentará a los pueblos greco-latinos y más tarde se extenderá por el territorio europeo, pero sin otro límite que la sin razón. Su desarrollo dará lugar a eso que se ha llamado filosofía, como tarea siempre abierta y que alimenta el espíritu occidental.

Pero eso fue sólo el comienzo…


[1] Heródoto de Halicarnaso. Historias. I, IV.

[2] Ob. Cit. I, XXVI

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Mi nombre es José Luís Samper. Soy un cristiano interesado en cuestiones de metafísica, ciencia, educación y todo aquello que pueda ayudarme a entender mejor el mundo actual alquiler de pisos
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