Emilio Saura hizo el siguiente comentario a mi escrito “Notas sobre el problema de Europa: “Efectivamente, el preguntarse por el ser de Europa es signo de vitalidad. Ahora bien, ¿de qué índole es esa vitalidad?. Parece que, en último extremo, esa vitalidad es ante todo, ‘vida autoconsciente’. Y es curioso que en sus orígenes esté precisamente el pensar filosófico: ya decía Hegel que ‘la lechuza de Minerva levanta el vuelo al anochecer’, en una metáfora muy adecuada al simbolismo de Occidente, el lugar de la ‘puesta del sol’. Dejando a un lado el contexto teo-antropológico hegeliano, la frase puede enlazarse con la expresión evangélica ‘la plenitud de los tiempos’, que alude justamente al momento en que Cristo inicia su predicación. Y es que Él llega precisamente en la época en que la filosofía griega, pero también el sincretismo religioso hacen crisis. El posterior desarrollo de los polos filosófico y cristiano de Occidente viene marcado por una tensión: parece como si Occidente, el lugar de la ‘puesta del sol’, pero también símbolo de la muerte, señalase justamente el límite de lo humano y su ‘ruina’, más allá de la cual nos busca la Salvación.”
Esto genera en mí la siguiente reflexión:
Lo pasado puede ser considerado como hechos que deben ser establecidos, explicados e interpretados. Son exigencias de una razón que procede objetivando las cosas y sometiéndolas a sus exigencias. Corresponde a las ciencias históricas el establecimiento de los hechos y, hasta cierto punto, su explicación. Explicación e interpretación amalgamadas son ocupación de la filosofía cuando se aplica al pasado.
Y esta forma de proceder lleva envuelta un tomar distancia por parte del sujeto respecto lo acontecido, la distancia necesaria para poder encuadrar lo mejor posible lo acontecido. Se busca ver qué pasó y cómo aquello se proyectó en el futuro.
La filosofía, en tanto que sujeta a la razón, solamente puede conocer lo ya acontecido. Sobre lo que no ha sucedido no puede haber un porqué ni una interpretación. Y lo que no puede hacer es cambiar o rejuvenecer lo que tiene toda la fuerza y la potencia de lo pasado. Ella es historia hecha concepto. La lechuza de Minerva solamente (erst) puede levantar el vuelo al anochecer. En la penumbra del crepúsculo trata de ver claro, lo que no deja de ser paradójico.
La filosofía se las ve con el pasado hecho historia. Ahora bien, al hacerse cargo de ese pasado como historia para que emerja de ella su figura intelectual, puede la filosofía proceder según supuestos diferentes. Puede considerar que la secuencia del pasado como racional y ver en él la marcha ascendente, a través de negaciones y reconciliaciones, de un concepto que en el presente se realiza. También puede esa misma racionalidad positivarse de una pretendida ciencia y considerar que esas leyes de la marcha histórica pueden guiarme en la construcción del paraíso deseado y todavía no realizado. Son visiones elaboradas a partir de un supuesto progreso en la marcha de la historia.
Y esa misma racionalidad puede desesperar del pasado como puro sin sentido o sueño que apartó a los hombres de su finitud y capacidad creativa.
Hegel, Marx o Nietzsche son nombres que podrían ilustran esos supuestos. Las conclusiones a las que llegan son diferentes, pero es común a ellos usar el pasado como justificación o explicación del presente. Pero propiamente ya no cuenta. Tenga el pasado el carácter de etapa previa o de error del que hay que desembarazarse, su vigencia está concluida.
Y no contando el pasado, sólo queda el futuro, un futuro que exige constantemente eficacia para alcanzarlo. Construir y construir, sin meta en la que reposar. En esa torre de Babel que se levanta ya no se busca el cielo, en que no se cree, sino simplemente hacerla cada vez más alta. El hombre negando a Dios se ha hecho o se ha creído como Él, pero ya no reposa en su fabricación.
Su vida no solamente transcurre y se realiza en el tiempo, sino que es pura temporalidad. El tiempo se convierte como en su sombra, sobre la que pretende saltar, sin conseguirlo nunca.
Pero también cabe la consideración del pasado desde otro supuesto. Desde el supuesto del pasado revivido, con el que se puede dialogar y escuchar su voz. El pasado entendido como memoria inherente a mi vida actual. El pasado me constituye formalmente. Y al igual que a mí, también la vida de un pueblo.
Desde esta consideración, el pasado ya no es el objeto determinado y sometido a mis categorías, En tanto que sonido, la voz ya no es mera presencia del objeto, sino que me remite a aquello que la produce. Es la voz de la conciencia que hace resonar en mí el fundamento que me constituye y me dice: “¿qué has hecho?”. Y esa pregunta lleva envuelta el carácter bueno o malo de lo acontecido y un dictado acerca de lo que debo hacer. Es la irrupción de lo atemporal en lo temporal del transcurrir de la vida.
La respuesta a esa voz puede ser la escucha, el acatamiento y el diálogo o la huida, en un intento de acallarla y con ello, hundir en el olvido lo hecho. Es decir, me coloca en la situación de optar entre aceptarla o rechazarla, entre la gracia o el pecado. Y así, lo acontecido y vivido en memoria es la libertad ejercida respecto a mi mismo fundamento. Optar por su aceptación es permitir que aquello que fue no sea algo definitivo, sino susceptible de liberación, de redención (“líbrame, Señor, de todos los males, presentes, pasados y futuros”), de abrir la posibilidad de que allí donde abundó el pecado pueda sobreabundar la gracia.
Pero esa voz, que es la resonancia de la divinidad, aparece en mi conciencia como fondo cuya manifestación es esperada. Tal cosa ocurrió con la encarnación de Jesús. Con Él la historia ya no es solamente pasado, sino también misterio de salvación, de oportunidad de rectificar y convertir a Dios nuestra vida. La historia adquiere el valor de un sacramento.
Para descubrir esto se ha de estar abierto a confiar no solamente lo que se ve sino también lo que nos dicen quienes han visto y oído. “Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn.20,28).
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hola Samper muy interesantes los temas que abordas, si me permites te agrego a mi lista de amigos.
Muchas gracias, Magaterrenal, por tus palabras de ánimo
Muy pertinentes tus reflexiones sobre las modernas objetivaciones del pasado y sobre la posibilidad de recuperarlo desde la "voz de la conciencia". Por lo demás, la plegaria a la que aludes ("Libranos, Señor, de los males pasados...) puede completarse por aquellas palabras del Salmo: "Absuélveme, Señor, de lo que se oculta", haciendo referencia, curiosamente, a algunos pecados de "inconsciencia", como los de la juventud y los de la extrema vejez. En cuanto a la fotografía que antecede al texto, muy sugerente.