La experiencia más común a los hombres es la del movimiento, la del cambio en el más general sentido del término. Todo está sometido a alteraciones más o menos rápidas, más o menos profundas. Se dan cambios en las plantas, en los animales, en el tiempo meteorológico, en los paisajes, en las ciudades, en todo. Y en esa mudanza universal también va envuelto el hombre, marcado igualmente por el sello de la caducidad.
El mundo, y cuantas cosas en él existen, está sometido al cambio constante.
Del hecho del cambio y su toma de conciencia brota espontáneamente la noción de tiempo. Si no hubiera alteración ninguna, si las cosas fueran siempre idénticas a sí mismas, no habría noción de tiempo. “Percibimos el tiempo junto al movimiento”, decía Aristóteles, del cual es “número (arithmós) según el antes y el después”.
Todas las cosas, pues, que están a nuestra vista, son cosas que pasan, y nosotros con ellas. Todo el mundo de nuestra experiencia es un mundo pasajero. Y esto delata la presencia en las cosas de “algo” que las hace cambiar, “algo” con poder para hacerlas cambiar. Un poder íntimo y misterioso que se manifiesta desde en los delicados cambios de la floración o en las terribles devastaciones de las epidemias o las guerras.
Junto al mundo cambiante que vemos está el “otro” que no vemos y es el causante de éste. Ahora bien, esos dos mundos no están en el mismo plano: el primero, patente, aparece como efecto del segundo, latente; el uno es caduco, el otro permanente e inalterable. Permanente e inalterable, pues de no serlo entraría en nuestro mundo patente y remitiría a ese otro mundo latente. De ahí que desde el momento que el ser humano cobra conciencia de sí perciba su mundo y su propia vida como “en total relación a” y, simultáneamente, “en total diferencia de”. Y de ahí la espontánea religiosidad del ser humano, como ser religado y dependiente de “algo último”.
Aquello a lo que se está en total relación y a lo que está referido el mundo patente de nuestra experiencia no puede ser nada, porque ser referido a nada deja de ser una referencia y una relación. Ahora bien, el contenido de la representación de ese “algo último” varía en función de la experiencia de realidad que tengamos.
En el antiguo mundo griego, el mundo patente es la tierra, lugar de la generación y corrupción de las cosas, todas ellas perecederas, y en la que habitan los hombres, igualmente perecedero como ellas, y por eso llamados “los mortales”. Frente a ese mundo de “abajo”, está el mundo de “arriba”, el cielo, uranós, incorruptible y solamente sometido a un movimiento local de carácter cíclico. Es en ese mundo imperecedero donde habitan los dioses inmortales, que son los que deciden las alteraciones de este mundo de abajo.
El hombre tiene que hacer su vida en este mundo y toda su actividad se proyecta en el futuro. Ahora bien, las cosas de este mundo con las que hace su vida, por estar sujetas a mudanza, no son de fiar, no podemos contar con ellas plenamente, pues pueden cambiar en cualquier momento. ¿Quién o qué nos garantiza que la salud que necesitaremos para nuestra empresa será buena o que la cosecha que prometía ser abundante lo será?. Son cosas que dependiendo del mundo latente de los dioses solamente ellos pueden garantizar. Si pudiéramos conocer lo que los dioses tienen dispuesto sobre nuestro futuro, entonces sabríamos qué nos conviene hacer.
¿Es posible acceder a ese mundo?. Nuestro mundo no deja de ser un cierto efecto del mundo de los inmortales, con el que guarda cierta semejanza. El mundo de los dioses se manifiesta en este mundo a través de lo espectacular y grandioso, lo extraño e incomprensible, lo que se sale de lo común… Todo un conjunto de signos que personas cualificadas pueden leer y hacer conjeturas acerca del futuro. De ahí los oráculos y las técnicas de adivinación. En el supuesto de unos dioses que se mueven a semejanza de los hombres, aunque desmesuradamente más poderosos, los sacrificios y oráculos están justificados.
¿Es posible otro camino para acceder a ese mundo en el que se decide el nuestro, aunque sólo sea parcialmente? Los primeros filósofos observaron que si bien los cambios que se dan en este mundo son sumamente arbitrarios, no todos son así. En los procesos de generación de los seres vivos se dan regularidades como las que de una especie no puede surgir otra, o la sucesión de las estaciones, etc. Ese otro mundo dispar del nuestro no es siempre arbitrario ni puede ser plural y cambiante como el nuestro, en cuyo caso reclamaría “otro mundo” que explicase sus cambios. Y se le entendió como physis, aquello a partir de lo cual las cosas nacen, brotan, salen a la luz, y al cual las cosas tornan cuando se extinguen.
La physis no es propiamente una cosa, sino un “aquello” que siempre permanece inalterable dando origen a las cosas y en la que las cosas se resuelven cuando mueren. Esa physis o naturaleza es siempre una y la misma; en tanto que substantivo del verbo phyo podría traducirse por “crecimiento” o “nacimiento”, y physis vendría a significar aquella fuerza que hace nacer y crecer a las cosas. Cuando se afirma, tras un incendio forestal o cualquier otro accidente ambiental, que se ha deteriorado o destruido la naturaleza, se está cometiendo una imprecisión, pues lo que se destruye no es la physis, sino una manifestación de ella, y lo que resulta de esa destrucción o deterioro es tan physis como lo que había antes. Un desierto no es menos naturaleza que un bosque tropical. Cuando dañamos las manifestaciones de la naturaleza, a nosotros nos dañamos, no a la naturaleza.
El que inicialmente esa physis fuese identificada como agua, principio y fundamento de todo, como en el caso de Thales, o aire (Anaxímenes), o apeiron (Anaximandro), poco importa aquí.
Physis no es, pues, propiamente una cosa, sino la respuesta genial a un problema acerca de los cambios que se dan en la vida. Y esa respuesta deja abierto un camino de comunicación entre el mundo patente en el que nos movemos, cambiamos y morimos y el mundo latente en el que se originan esos cambios. Ese camino es el logos, la razón, el cual más que expresar una facultad humana, expresa proceder humano posible. Mediante la observación y la deducción el hombre también puede ponerse en contacto con ese mundo latente para saber con qué contar a la hora de hacer su vida. Claro que, como todo camino hay que hacerlo y recorrerlo, y no es suficiente con enunciarlo y proponerlo.
Los primeros filósofos griegos sencillamente lo iniciaron, dejando tras de sí un programa para realizar.
Física, IV, 219a
Ibíd., IV, 219b
He oído en algunas personas esto mismo diciendo que “haber tiene que haber algo”.
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Gracias Borja por su comentario. Con mucho gusto leeré su blog, pues seguro que me enriquecerá. Saludos