EL “MAREO” DE PLATÓN
El Corpus Platonicum nos ha transmitido, junto a sus diálogos, un conjunto de trece cartas, de las cuales la séptima es la más importante. O por lo menos la más interesante por sus referencias autobiográficas.
"...que yo, lleno de ardor al comienzo para trabajar por el bien público, considerando esta situación y de qué manera iba todo a la deriva, acabé por quedar mareado (iliggian)." (Carta VII, 325e).
La situación a la que Platón hace referencia no son los hechos que acompañan a las turbulencias que siguieron a la guerra del Peloponeso. Es muy posible que fueran mucho mayores las turbulencias habidas durante la guerra. Lo que realmente crea la situación es que "la ciudad ya no se regía por los usos y costumbres de nuestros antepasados... ...y la legislación y la moralidad estaban corrompidas". Se trata de una evidencia nacida de un ver (skopoynti) a los hombres que se ocupaban de la cosa pública y una consideración de las leyes y costumbres vigentes. No nace de un examen de ideas o concepciones políticas.
El ardor con que inicialmente se entrega en su trabajo por el bien público es la confianza que le ofrece el ideal de la polis, el convencimiento de que aquellos que se ocupan de la política participan del mismo ideal y tratan de conducir a la ciudad de la injusticia a la justicia. Los usos y costumbres que él cree vigentes le ofrecen luz para juzgar los hechos y guía sobre la conducta a seguir.
Esos usos y costumbres son los que constituyen la comunidad, le dan una fisonomía propia y una moral, una morada en la que el hombre habita sabiendo a qué atenerse. A través de ese derecho consuetudinario, formado y pulido en el transcurso del tiempo, se armoniza la conducta pública y privada.
Sin embargo, la oligarquía de los treinta tiranos y la revolución democrática subsiguiente muestran que la vigencia de tal derecho no se da. El querer los unos implicar a Sócrates en la muerte de un ciudadano para mezclarlo en su política y el condenarlo los otros injustamente a muerte era la expresión de la corrupción moral que minaba la polis, que imposibilitaba la polis como empresa que busca hacer una comunidad autosuficiente y feliz.
El mareo, el vértigo, se da cuando ese terreno de convicciones sobre el que se asentaba su pensamiento y acción es negado en la conducta de los hombres que debieran ser sus valedores. Y aparece la duda sobre lo creído y se contaba con ello y sobre los hombres. Con la duda se abre en la conciencia el vacío en el que los hechos van y vienen, se mueven sin nada que les dé consistencia. De ahí el mareo, el vértigo. Uno ya no sabe a qué atenerse con las cosas. Y cuando eso ocurre, es de perentoria necesidad tratar de averiguar lo que las cosas son. Se precisa hacer filosofía.
"Entonces me sentí irresistiblemente movido a alabar la verdadera filosofía y a proclamar que sólo con su luz se puede reconocer dónde está la justicia en la vida pública y en la vida privada".
La filosofía se presenta no como una actividad alternativa que me aparta de la vida de la polis, sino como el quehacer que permite ir ganando altura suficiente para ver el camino que se ha de seguir. Semejante a quien metido en el bosque de los hechos que le impiden tener la suficiente perspectiva tuviera que trepar a alguna elevación u otero para situarse.
Ahora bien, no se ha de perder de vista que el mareo está en uno. Pertenece a nuestra visión de las cosas. Se origina en nuestro modo de ver. Es un estado nuestro. Y esto indica que el camino hacia lo que las cosas son pasa por nosotros mismos. Y esa "altura" no se gana solamente proyectándola o pensándola, sino realizándola.
Por eso se habla de la verdadera filosofía frente a la implícitamente supuesta falsa filosofía. La verdadera filosofía viene representada por Dión y tiene como modelo a Sócrates, a quien Platón no teme proclamar "el hombre más justo de su tiempo". Y lo propio de la verdadera filosofía es el ir acompañada de determinada forma de ser. Así, Dión, cuando entró en contacto con Platón y sus ideas
"decidió llevar en el futuro una vida distinta de la mayoría de lo ítalos o sicilianos, haciendo mucho más caso de la virtud que de una existencia de placer y sensualidad."
La profundidad o alcance de ciertas ideas la da el género de vida que se practica. La vida que se lleva es la que da amplitud a la conciencia y finura a la sensibilidad para contener y captar esas ideas. De ahí lo que se dice en 7340d:
"Este es el espíritu y los pensamientos que guían a este hombre: se entrega, sin duda, a sus actividades ordinarias, pero en todo y siempre, conforma su vida con la filosofía, este género de vida que le confiere, junto con la sobriedad, una inteligencia pronta y una memoria tenaz, así como capacidad para razonar".
No implicar la vida en las ideas, mencionarlas y no ejercerlas, como es el caso de Dionisio, que se contenta con coleccionar opiniones y frases oídas a otros, es lo propio de la falsa filosofía, que más que liberarnos del "mareo" nos acostumbra a él.
Y estos puntos de esa delicia que es la Carta Séptima de Platón, inevitablemente me recuerdan aquellas palabras de Jesús:
"Todo el que oye mis palabras y las hace (poiei) será comparado a un varón prudente, el cual edificó su casa sobre la roca" (Mat. 7, 24).
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magaterrenal dijo
Mi Samper, venir a tu blog es darse un baño de cultura, de filosofìa de la buena... y claro estoy de acuerdo que el clàsico sabio Griego de ese tiempo que seguirà siendo analizado y citado en sus exposiciones filosòficas, el gran Sòcrates.
Un beso y làstima que escribas no tan a menudo como quisiera.
12 Septiembre 2009 | 11:18 PM