LAS VÍCTIMAS DEL HOLOCAUSTO
Acaba el dia en recuerdo de las víctimas del holocausto. Para mí, nacido cuando todavía estaban calientes las ruinas de aquella guerra que asoló Europa, el título de este día está asociado a nombres como Mauthausen, Auschwitz, Treblinka, Dachau, Belzec... Nombres de campos de concentración y campos de exterminio. En el lenguaje de mi infancia, de aquí y de allá, iban incrustándose nombres de batallas, de generales y uno y otro lado, de bombardeos, de nuevas armas... Los nombres, y los gestos que acompañaban a quienes hablaban de esas cosas, me indicaban algo tremendo cuya realidad y alcance yo era incapaz de vislumbrar.
Mis imágenes más inmediatas se asociaban a la guerra civil española. Ella era un punto de referencia cronológico en mis padres y vecinos. "Antes de la guerra esto valía...", "Antes de la guerra los tranvías..."; era algo así como el "antes y después de Cristo". De un modo confuso entonces intuía que aquella guerra no fue "una" guerra, sino "la" guerra, el paradigma del horror y del error al que uno no puede nombrar sin bajar el tono y observando ciertas precauciones lingüísticas.
Después vinieron noticias de la guerra Mundial, de las batallas entre alemanes y rusos, del fascismo y el nazismo, del hijo de aquel tendero que murió luchando en la División Azul, de aquel otro que tenía un hijo prisionero en Rusia. Algo más tarde, cuando ya entraba en la pubertad, un profesor que nos explicaba Geografía e Historia, falangista, tuerto de un ojo y que había estado en la División Azul, nos explicaba algunas de sus aventuras por las heladas estepas de la Europa Oriental.
Todas estas palabras y relatos llegaban a mí como piezas sueltas de un puzle que me intrigaba, pero cuya imagen de referencia no poseía. Y eso aumentaba mi curiosidad por saber qué era aquello que pasó y que tan amplia y larga resonancia tenía en quienes fueron sus testigos.
Cuando en mi búsqueda de información sobre esas guerras, la española y la mundial, fueron llegando imágines y noticias sobre los asesinatos y torturas gratuitos, los exterminios en masa de personas por ser de tal raza, ideología o condición, la reducción a esclavitud de miles de hombres y mujeres inocentes, los experimentos crueles con seres humanos, la técnica al servicio de la crueldad más perversa, fue entonces cuando fui cayendo en la cuenta del enorme vacío que se había abierto en el espíritu europeo. ¿Cómo había sido posible aquello? Las cifras eran horribles, pero más allá de las cifras, esa organización en contra del hombre resultaba incomprensible.
Theodor W. Adorno dijo aquello de que después de Auschwitz ya no era posible escribir poemas. Tal vez tampoco hacer filosofía. Auschwitz muestra como la cultura se puede transmutar en inhumanidad. Como la epopeya del viaje de Ulises, modelo del camino emprendido por la Ilustración, que tras vencer a la naturaleza y los dioses con la astucia de su razón, logra regresar a su patria, a su querida Ítaca, a su casa. Pero una vez allí, nadie asegura que quien ha descubierto en sí mismo tanto poder, no trate de ocupar el lugar del Dios vencido. Un nuevo Demiurgo que cree afirmar su humanidad negándosela a los otros.
Los supervivientes de aquel horror narraron su terrible experiencia. Sus relatos son testimonios de aquel mundo en que los nazis, tratando de deshumanizar a sus víctimas, lo único que lograron fue deshumanizarse a sí mismos. Habían logrado matar a muchos seres humanos, pero no su humanidad, cuanto más sufriente, más manifiesta. Por eso, al finalizar la guerra, Alemania había sido algo más que derrotada: había sido vencida.
Pero los testigos de aquella inhumanidad, no son solamente los relatos de los supervivientes del holocausto. También lo son, y de forma preeminente, las imágenes de hombres, mujeres y niños muertos, amontonados en una fosa, cargados en un miserable carro, hacinados en la cámara de gas... El silencio de esos testigos grita todo lo que en ese mundo cerrado ocurrió.
Encuentro que después de Auschwitz lo que no se puede es dejar de pensar. No un pensar que trate de explicar o comprender lo que ocurrió, lo que sería una forma de justificarlo, sino un elevar a memoria agradecida a todos esos seres humanos que sufrieron la injusticia de otros seres humanos y que con su silencio nos muestran la vereda que hay que tomar, que no es otra que la del respeto a la persona. Que nuestro silencio se una al suyo en plegaria que les devuelva la dignidad que trataron de arrebatarles,
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Josè Luis, no aguanto las pelìculas que tratan de este horror que ha marcado la humanidad, siempre termino llorando y procuro evitarlas y eso que acà nunca hemos vivido guerras ni revoluciones en mi tiempo pero es igual; el Dr. Jeckyl y Hide que hay en nosotros se destapa con toda la negrura en esos duros episodios que costaron tantas vidas, cicatrices que nos tocan a todos y no se olvidan. Lo peor? Que la humanidad parece no haber aprendido nada, sabes que la maldad todavìa hace de las suyas en màs de un sentido.
Un beso, amigo querido.
Tienes razón, Maga. Lágrimas son lo que necesitan esos hechos. Ojalá nos ayuden a desear ser mejores. Creo que las víctimas deben ser siempre recordadas.
Gracias por tu comentario.
Un abrazo