“Estudia, hijo, para que el día de mañana seas un hombre de provecho”. Seguro que esto le sonará a quienes son más o menos de mi edad, a los nacidos allá por la década de los cuarenta. Ahora ya no se oye eso. Con esa expresión nos instaban nuestros padres a estudiar y aprovechar el tiempo. Mediante el estudio o el trabajo, esa era la meta a la que se dirigía la formación del niño: ser un hombre de provecho.

Un consejo propio de una sabia concepción de la vida. “Ser de provecho” significaba ganarse la vida honradamente haciendo algo útil para los demás: a la familia, a la comunidad, a la patria. Ser útil a los demás, no un parásito o una carga para los otros. En ser de provecho estaba la honra del hombre, su dignidad. Del varón y la varona, para que nadie se sienta excluido.

Se entendía que en ese “servir para algo y para alguien” estaba la satisfacción humana. Se trataba de una especie de postulado evidente por sí mismo. Y a la luz de esa evidencia se ordenaban las exigencias a los padres y a la escuela.

Ese principio tenía la virtud de señalar una meta alcanzable por todos. Ser excelente en matemáticas, o muy hábil en el dibujo, o muy dotado para el deporte quizás no esté al alcance de todos, pero ser una buena persona, honrada y trabajadora sí que puede lograrlo todo el mundo. No depende de la inteligencia o las cualidades recibidas. Es una voluntad moral. Los hay muy inteligentes y habilidosos que son moralmente muy despreciables. No encuentro razón para que reconozcamos a personas disminuidas físicas o psíquicas y no veamos a los disminuidos morales. Y eso que estos últimos pueden hacer mucho mal.

Evidentemente hay que estudiar todo cuanto se pueda. El conocimiento es muy valioso. Pero aquello que lo hace digno de alabanza es el estar al servicio del bien de los otros y de uno. Y esto se olvida.

¿Dónde una educación que ayude al desarrollo de lo que cada cual lleva como propio? Se manejan números, objetivos, niveles de conocimientos, costos, instalaciones… Todo lo que hace referencia a la escolarización de los niños. ¿Pero dónde la persona y su vocación a ser útil a los demás?

Educador es aquel que sabe sacar de las personas lo bueno que llevan dentro. Sus cualidades y sus disposiciones al bien. Desarrollando aquello que ya es, el hombre encuentra su realización. Pero desde muy temprano, se les orienta al éxito económico, a ganar dinero. A una profesión que dé dinero. A ganarse la vida, se dice.

Pero la vida no se gana, se merece. Es un regalo para ser disfrutado con los que amamos, compartiendo aquello que se tiene. Quienes entienden su vida como tener dinero tal vez eso les haga sentirse poderosos, pero son en realidad menesterosos, casi tanto como quienes sin tenerlo se consumen en su deseo por él. No, el objetivo en la vida no puede ser “tener”, sino ser aquello que nos hace personas: algo único y a la vez comunicativo, comunitario.